El depósito de la mina era un esqueleto de hierro y madera reseca que emergía de la sal como los restos de un naufragio antiguo. Bajo la luz del mediodía, el calor era tan intenso que el aire parecía líquido, distorsionando las formas de las grúas oxidadas y los cobertizos de lámina que vibraban con un lamento metálico cada vez que soplaba el viento.
Lía ayudó a Bruno a sentarse sobre una caja de madera que contenía herramientas carcomidas por el salitre. La costra de sal sobre su piel les daba un aspecto fantasmal, como si fueran estatuas que acabaran de cobrar vida.
—Necesitamos un motor —dijo Bruno, su voz era un raspado seco pero firme. La fiebre había remitido, sustituida por una lucidez fría y peligrosa—. Varga tiene la ventaja del terreno llano, pero estos viejos depósitos tienen algo que él no espera: maquinaria pesada.
Lía recorrió con la mirada el lugar. Sus ojos, acostumbrados a la elegancia de las oficinas de mármol, ahora buscaban utilidad en la chatarra. Se detuvo frente a un cobertizo cuyo techo se había hundido parcialmente. Dentro, bajo una lona podrida, asomaba el morro cuadrado de un antiguo camión de carga minera, una bestia de acero de los años setenta diseñada para cargar toneladas de azufre.
—Ese —señaló Lía—. Si logramos arrancarlo, no habrá bala que atraviese ese blindaje artesanal.
Se acercaron al vehículo. El olor a grasa vieja y diesel seco era casi reconfortante después de tanta sal. Bruno se deslizó bajo el chasis con un quejido ahogado, evaluando los daños, mientras Lía subía a la cabina. El interior olía a tiempo detenido.
—Las baterías están muertas, Lía —gritó Bruno desde abajo—. Pero hay un generador manual en la parte trasera del cobertizo. Si logras darle carga suficiente para una chispa, este motor de seis cilindros despertará aunque sea por puro rencor.
Lía se dirigió al generador. Era una manivela de hierro pesado que exigía cada gramo de su fuerza. Empezó a girar. Uno, dos, tres vueltas. Sus hombros gritaban de dolor y el sudor le escocía en los ojos, pero no se detuvo. Cada giro era un golpe contra el control que Varga había ejercido sobre su vida.
—¡Sigue, Valverde! ¡No pares! —la animaba Bruno, conectando cables con las manos temblorosas pero precisas.
De repente, un sonido lejano rompió el ritmo del trabajo. El eco de una radio.
“...sector sur, cerca de las estructuras de la mina. Movimiento detectado.”
Los hombres de Varga habían encontrado el rastro. No les quedaba tiempo. Lía dio un último tirón desesperado a la manivela, poniendo todo su peso en el movimiento. Un destello azul saltó entre los cables del motor.
—¡Ahora! —rugió Bruno.
Lía accionó la palanca de arranque. El camión tosió, lanzó una nube de humo negro que olió a gloria, y finalmente el motor rugió con un estruendo que hizo vibrar el suelo de sal. Era un sonido de guerra, una declaración de principios que rompió el silencio de las Salinas.
Bruno subió a la cabina, sentándose al volante con una mueca de triunfo. Miró a Lía, y por primera vez en días, vio en ella no a una víctima que proteger, sino a una compañera de armas.
—Sujétate —dijo él, metiendo la marcha con un crujido de engranajes—. Vamos a por nuestra libertad.