El viejo camión minero, apodado "La Bestia" por las inscripciones borrosas en su puerta, avanzaba sobre la sal como un acorazado en un mar de cristal. Bruno manejaba con una concentración feroz, ignorando el dolor punzante de sus puntos de sutura. Lía, sentada a su lado, sostenía una barra de hierro que había encontrado en el cobertizo; no era una pistola, pero en sus manos se sentía como una extensión de su voluntad.
—Vienen por el flanco derecho —advirtió Lía, viendo una estela de polvo blanco levantándose a unos quinientos metros.
Era uno de los todoterrenos negros. Al ver la mole de acero moviéndose por las salinas, el conductor del 4x4 aceleró, confiando en su velocidad superior. Pero Bruno no estaba tratando de escapar. Estaba calculando el ángulo de interceptación.
—No vamos a dejarlos acercarse para que disparen a los neumáticos —dijo Bruno, apretando el volante—. Vamos a obligarlos a jugar a nuestro juego.
El todoterreno intentó flanquearlos, pero Bruno giró bruscamente el volante, haciendo que la pesada zaga del camión derrapara sobre la costra de sal, levantando una cortina cegadora de cristales. El conductor del vehículo de Varga tuvo que frenar para no chocar contra la pared de acero, y en ese segundo de duda, Bruno metió la marcha atrás con un rugido del motor diesel.
El impacto fue brutal. El parachoques de hierro macizo del camión se hundió en el capó del todoterreno como si fuera de papel. El estallido del radiador lanzó una nube de vapor blanco que se mezcló con el polvo de sal.
—¡Ahora, Lía! —gritó Bruno.
Lía no lo pensó. Abrió la pesada puerta de la cabina y saltó antes de que el camión se detuviera por completo. El aire estaba cargado de olor a anticongelante y caucho quemado. El conductor del todoterreno estaba aturdido por el despliegue del airbag, pero el copiloto, un hombre joven de mirada cruel, ya estaba intentando sacar su arma.
Lía llegó antes. Usó la barra de hierro no para golpear al hombre, sino para bloquear la apertura de la puerta del vehículo, atrapándolo dentro. Bruno apareció por el otro lado, bajando de la cabina con una agilidad que desafiaba sus heridas. De un tirón, sacó al conductor del asiento y lo arrojó a la sal.
—Dile a Varga que el "perro callejero" ha vuelto por su collar —siseó Bruno, quitándole al hombre su radio de corto alcance y una pistola Glock de 9mm.
Lía registró la guantera del vehículo accidentado. Encontró algo más valioso que las armas: un tablet táctico que mostraba la ubicación en tiempo real de los otros vehículos mediante GPS.
—Lo tenemos, Bruno —dijo ella, mostrando la pantalla donde un punto rojo parpadeaba a menos de tres kilómetros: la posición de Julián Varga—. Sabe que hemos interceptado a su gente. Mira, los otros dos vehículos se están moviendo hacia aquí.
Bruno tomó la radio. Se escuchaba la voz de Varga, ya no calmada y elegante, sino distorsionada por una furia fría.
“...no los maten todavía. Quiero que la mujer vea cómo termina esto. Repito: intercepten el camión, inhabiliten el motor. No dañen la mercancía.”
Lía miró a Bruno. La palabra "mercancía" ya no la hacía temblar; la hacía sonreír con una amargura peligrosa.
—Ya no soy su mercancía —susurró ella, mirando el arma que Bruno le tendía.
—Lo sé —respondió él, revisando el cargador—. Ahora eres el error que no vio venir.
Subieron de nuevo al camión minero. El todoterreno de Varga había quedado reducido a chatarra humeante en mitad de la blancura infinita. Tenían el GPS, tenían armas y tenían la sorpresa. Pero sobre todo, tenían un plan que iba más allá de la frontera.
—No vamos a Sico, ¿verdad? —preguntó Lía mientras el camión volvía a ponerse en marcha.
—Varga nunca nos dejará cruzar si lo tenemos en los talones —dijo Bruno, fijando la vista en el punto rojo de la pantalla—. Vamos a terminar esto donde empezó: en el centro de la nada. Vamos a por él.