Donde nos alcanzan las estrellas

CAPÍTULO 8: El cruce de los destinos (Parte 3)

El camión minero rugía como una bestia herida, lanzando bocanadas de hollín negro que manchaban la pureza inmaculada de la sal. A través del parabrisas reforzado, Lía veía cómo los otros dos vehículos de Varga se posicionaban como escoltas del todoterreno principal. Las ráfagas de balas empezaron a repicar contra el capó de acero del camión, un sonido metálico y frenético que recordaba al granizo golpeando un techo de chapa.

—¡Están disparando a los neumáticos! —gritó Lía, aferrándose al tablero mientras el camión se sacudía.

—Este motor tiene par suficiente para arrastrarnos aunque vayamos sobre las llantas —respondió Bruno, con los dientes apretados—. Pero necesito que no vean por dónde venimos. ¡Ahora, Lía!

Lía se estiró hacia la parte trasera de la cabina, donde dos extintores industriales de polvo químico estaban anclados. Con un esfuerzo que le hizo crujir los hombros, liberó las válvulas y las lanzó por la ventanilla abierta hacia la caja de carga del camión. El polvo blanco y denso se mezcló instantáneamente con el torbellino de aire que generaba la velocidad, creando una pantalla de humo artificial que se extendió por las salinas como una nube sólida.

El mundo exterior desapareció. Los tiradores de Varga perdieron el ángulo de visión. El sonido de los disparos cesó por un instante, sustituido por el desconcierto del enemigo.

Bruno aprovechó la ceguera de sus perseguidores. En lugar de seguir la línea recta hacia la frontera, realizó un giro violento de cuarenta y cinco grados, aprovechando una leve depresión en la costra de sal. El camión crujió, inclinándose peligrosamente, pero recuperó la tracción.

Cuando el polvo químico se disipó finalmente, el escenario había cambiado.

El todoterreno de Julián Varga se encontró solo. Sus escoltas se habían desviado siguiendo la estela falsa del humo. Bruno había logrado flanquearlos y ahora "La Bestia" emergía de la nada, posicionándose a escasos diez metros frente al vehículo de lujo, bloqueándole el paso de forma frontal.

Bruno clavó los frenos. El camión se detuvo con un chillido ensordecedor, levantando una muralla de cristales de sal. Varga tuvo que frenar en seco para evitar ser aplastado por la mole de hierro.

El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el siseo del vapor que escapaba del radiador del camión y el tic-tac metálico del motor de Varga enfriándose. Durante unos segundos, nadie se movió. A través del cristal tintado del todoterreno, Lía pudo adivinar la silueta de Julián. Sabía que él la estaba mirando, procesando el hecho de que su "mercancía" era quien ahora sostenía el control del camino.

—Se acabó el correr —susurró Bruno. Sus manos, aunque llenas de cicatrices y cubiertas de sal, estaban firmes sobre el volante.

—Esta vez no es por la frontera —añadió Lía, bajando del camión con la Glock en la mano, sintiendo la firmeza de la sal bajo sus botas—. Es por nosotros.

Varga abrió lentamente la puerta de su vehículo. Bajó con la elegancia de siempre, pero su traje de lino estaba hecho jirones y su rostro reflejaba una furia que iba más allá de la razón. No sacó un arma; simplemente se quedó allí, de pie en la inmensidad blanca, como un rey cuyo reino acababa de convertirse en cenizas.

El Capítulo 8 termina así: dos vehículos enfrentados en el centro de un desierto blanco, y tres vidas que están a punto de colisionar en un final donde no habrá espacio para las mentiras.



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En el texto hay: aventura, amor

Editado: 26.02.2026

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