Donde nos alcanzan las estrellas

CAPÍTULO 9: Heridas abiertas (Parte 1)

El silencio en las Salinas Grandes era antinatural. No había viento, ni pájaros, ni el zumbido de los drones. Solo el crujido rítmico de las botas de Julián Varga sobre la costra de sal mientras se alejaba de su vehículo blindado. Se detuvo a cinco metros del parachoques de hierro de "La Bestia", ajustándose los puños de su camisa de lino, ahora manchada de hollín, con una parsimonia que resultaba insultante.

Bruno bajó de la cabina del camión. Se movía con una rigidez dolorosa, la mano izquierda presionando su costado herido, pero la derecha sostenía la Glock con una firmeza absoluta. Lía bajó por el otro lado, rodeando el morro del camión hasta quedar a la par de Bruno.

—Vaya cuadro —dijo Varga, y su voz, desprovista de la distorsión de la radio, era terciopelo y veneno—. La heredera de un imperio de logística y el perro faldero que mordió la mano que lo alimentaba. Si el mundo supiera que están aquí, cubiertos de sal y miseria, no sabrían si reír o sentir lástima.

—Cierra la boca, Julián —siseó Bruno. El cañón de su arma no temblaba—. No estamos aquí para escuchar tu monólogo de villano de opereta. Se acabó. Tus hombres están dispersos y tu coche no va a arrancar después de lo que le hizo el radiador.

Varga soltó una carcajada seca, una que no llegó a sus ojos fríos.

—¿Crees que esto se trata de motores y armas, Álvarez? Siempre fuiste tan limitado. —Se giró hacia Lía, ignorando el arma que lo apuntaba—. Lía, querida. ¿Realmente crees que Bruno te salvó en esa estación de servicio por casualidad? ¿De verdad crees en el destino?

Lía sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío del Ojo de Mar. Miró de reojo a Bruno. Él no apartó la vista de Varga, pero sus mandíbulas se tensaron tanto que una vena empezó a latir con fuerza en su sien.

—No le escuches, Lía —dijo Bruno, y su voz sonó extrañamente ronca.

—¡Oh, por favor! Cuéntale la verdad, Bruno —insistió Varga, dando un paso adelante—. Cuéntale que tú fuiste quien diseñó la ruta de escape original. Cuéntale que tú sabías exactamente a qué hora saldría de la mansión porque tú mismo instalaste los rastreadores en su flota meses antes de "retirarte".

Lía sintió que el suelo de sal se volvía inestable bajo sus pies. Miró a Bruno, buscando una negativa, una señal de que Varga estaba mintiendo para dividirlos. Pero Bruno guardó silencio. Un silencio pesado, cargado de una culpa que ahora Lía reconocía como la sombra que lo había perseguido desde el primer día.

—¿Bruno? —susurró ella. El nombre le supo a ceniza en la boca.

—Lía, yo... —empezó él, bajando el arma apenas unos centímetros—. No fue así. No como él lo cuenta.

—Él era el plan de contingencia, Lía —continuó Varga, disfrutando de cada palabra—. Si tú decidías huir, él debía interceptarte, ganarse tu confianza y llevarte a la frontera... pero no para cruzarla. Sino para entregarte en un punto donde tu padre y yo pudiéramos "rescatarte", convirtiéndome ante tus ojos en el héroe que te trajo de vuelta de las garras de un secuestrador.

Varga extendió los brazos, abarcando la inmensidad blanca.

—Todo este viaje, cada peligro, cada beso en esa cabaña... ¿fue real, Álvarez? ¿O solo estabas siguiendo el guion para asegurar que la "mercancía" llegara a su destino con el corazón abierto?

Lía retrocedió un paso, sintiendo que el aire le faltaba. La mano que sostenía su propia arma empezó a temblar. Miró a Bruno y, por primera vez, no vio al hombre que la protegía, sino al extraño que la había estado observando a través de un parabrisas mucho antes de que ella supiera su nombre.



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En el texto hay: aventura, amor

Editado: 26.02.2026

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