El aire se volvió irrespirable, cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de los brazos de Lía se erizara. Miró a Bruno, esperando una negación rotunda, un "miente" que apagara el incendio que Varga acababa de provocar en su pecho. Pero Bruno no hablaba. Su mirada estaba fija en la sal, y el arma en su mano derecha bajó hasta que la punta rozó su muslo.
—¿Es verdad? —preguntó Lía. Su voz sonó como un cristal rompiéndose bajo una bota—. ¿Todo fue un montaje? ¿La avería en la gasolinera? ¿El "encuentro" casual?
Bruno finalmente levantó la vista. Sus ojos estaban inyectados en sangre, no solo por la fiebre, sino por una agonía que no podía ocultar.
—Al principio... sí —confesó él, y cada palabra parecía arrancarle un pedazo de garganta—. Varga me buscó hace meses. Me dijo que querías huir y que necesitabas un "ángel guardián" que te llevara directamente a sus manos. Me ofreció borrar mi pasado, limpiar el expediente de lo que pasó con el testigo en el norte... a cambio de ti.
Lía sintió una náusea violenta. El hombre que la había curado, el que la había besado en la oscuridad de la cueva, el que casi muere en el Ojo de Mar... era un mercenario contratado por su propio prometido.
—¡Lo lograste, Bruno! —exclamó Varga con una sonrisa depredadora, dando un paso más hacia ellos—. La hiciste sentir a salvo. La hiciste creer que el mundo era un lugar de aventuras y no de contratos. Eres un actor consumado.
—¡Cállate, Julián! —rugió Bruno, pero su voz carecía de la autoridad de antes. Se giró hacia Lía, dando un paso desesperado hacia ella—. Lía, escúchame. El plan murió en el momento en que abriste la puerta de esa van. En el momento en que vi que no eras una heredera caprichosa, sino alguien que realmente estaba luchando por su alma. Por eso no te entregué en el primer punto de control. Por eso quemé el GPS original. Por eso...
—¡Por eso casi mueres! —le interrumpió ella, con lágrimas de rabia rodando por sus mejillas manchadas de sal—. ¿O eso también era parte del espectáculo? ¿Una herida de bala para que yo me sintiera en deuda contigo?
—¡No! —Bruno soltó la Glock; el arma cayó sobre la sal con un golpe seco, una rendición absoluta—. No hay guion para lo que siento cuando te miro, Lía. He pasado años huyendo de mis propios pecados, pero tú... tú eras la única cosa limpia que me quedaba. Si hubiera querido entregarte, lo habría hecho en la cueva. Estábamos solos. No tenías nada.
Varga soltó un suspiro de aburrimiento fingido y consultó su reloj de pulsera de oro.
—Qué conmovedor. El perro se enamoró de la presa. Lamentablemente, el tiempo de los dramas románticos se ha agotado.
Julián sacó un pequeño dispositivo del bolsillo de su chaleco y presionó un botón rojo. Un pitido agudo y constante empezó a sonar.
—¿Escuchan eso? Es la baliza de rescate. Mis refuerzos están a tres minutos en helicóptero. Lía, vas a subir a ese vehículo conmigo. Y Bruno... bueno, Bruno va a quedarse aquí para que los buitres tengan algo que picotear.
En un movimiento relámpago, Varga sacó una pequeña pistola de bolsillo que llevaba oculta en la manga. No apuntó a Bruno; apuntó a Lía.
—Ven aquí, querida. Ahora mismo. O le vuelo la cabeza a tu "héroe" antes de que el helicóptero toque tierra.
Bruno se tensó, listo para abalanzarse sobre Varga a pesar de estar desarmado. Lía miró la Glock que yacía en el suelo, a medio camino entre ella y Bruno. El mundo parecía haberse ralentizado. El zumbido lejano de las aspas de un helicóptero empezó a vibrar en el horizonte, rompiendo la paz de las Salinas.
—No lo hagas, Lía —susurró Bruno, con los ojos fijos en el dedo de Varga sobre el gatillo—. Corre hacia la frontera. Yo lo distraeré.
—Ya no hay a dónde correr, Bruno —dijo ella, y su mirada se encontró con la de él. En ese segundo, a pesar de la traición y las mentiras, Lía vio la verdad que Varga no podía entender: que el amor y la redención no son planes de negocios, sino incendios que no se pueden apagar con lógica.
Lía dio un paso hacia adelante, pero no hacia Varga, sino interponiéndose entre el arma de Julián y el pecho herido de Bruno.
—Si vas a disparar, Julián —dijo ella con una calma que heló la sangre de ambos hombres—, tendrás que matarme a mí también. Y entonces, ¿qué le dirás a mi padre sobre su "mercancía" preciosa?