El horizonte empezó a vibrar con un pulso rítmico y pesado. El helicóptero de Varga, un coloso negro que recortaba el sol, apareció sobre las crestas de las salinas como un ave de presa mecánica. El viento de las aspas golpeó la llanura, levantando una ceguera de polvo blanco que envolvió a los tres en un torbellino ensordecedor.
—¡Es el fin, Lía! —gritó Varga, intentando mantener el equilibrio mientras el viento agitaba su ropa—. ¡Suelta esa idea de libertad! ¡No existe!
Varga, cegado por el polvo y la arrogancia, no vio el movimiento de Bruno. A pesar de su herida, a pesar de la traición revelada, Bruno se lanzó al suelo, no para recuperar su arma, sino para patear una de las placas de sal sueltas hacia las piernas de Varga. El impacto lo desequilibró justo cuando Julián apretaba el gatillo.
El disparo fue un trueno ahogado por el rugido de las aspas.
Lía sintió un golpe de calor en el hombro, un latigazo seco que la arrojó hacia atrás. El mundo se volvió borroso por un instante. Vio a Bruno rugir —un sonido animal, desprovisto de toda civilización— y embestir a Varga con el hombro, derribándolo sobre la sal dura.
Ambos hombres rodaron por el suelo, una masa de lino gris y cuero negro luchando por la pequeña pistola. Bruno, con la cara manchada de sangre y sal, logró desviar el cañón hacia el cielo justo cuando el arma se disparaba de nuevo. Con un movimiento seco, le propinó un cabezazo a Varga que lo dejó aturdido, desarmándolo finalmente.
El helicóptero ya estaba descendiendo, las luces de aterrizaje barriendo la escena. Los hombres de Varga se asomaban por la puerta abierta, con los fusiles listos.
—¡Vete, Lía! ¡Corre al camión! —gritó Bruno, levantándose con dificultad y recogiendo su Glock.
—¡No sin ti! —Lía se presionaba el hombro; la bala solo había rozado la carne, pero el ardor era inmenso.
Bruno la miró. En medio de la tormenta de sal, sus ojos le pidieron perdón una última vez. No con palabras, sino con un gesto de entrega absoluta. Se interpuso entre ella y el helicóptero, convirtiéndose en el único escudo que le quedaba.
—Si no te vas ahora, todo esto no habrá servido para nada —dijo él, su voz apenas audible sobre el ruido de los motores—. ¡Arranca esa maldita Bestia y cruza la línea! ¡Haz que valga la pena!
Lía dudó solo un segundo. Varga estaba empezando a gatear hacia su vehículo, gritando órdenes a sus hombres que ya saltaban del helicóptero. Ella corrió hacia la cabina del camión minero. Sus dedos, entumecidos por el frío y el miedo, accionaron la palanca. El motor diesel respondió con un rugido de desafío.
A través del espejo retrovisor, vio a Bruno disparar contra los neumáticos del helicóptero, obligando al piloto a abortar el aterrizaje estable. Vio destellos de disparos regresando hacia él. Vio a Bruno caer sobre una rodilla, pero seguir disparando hasta que el camión tomó velocidad, alejándose hacia la frontera que ahora estaba a menos de doscientos metros.
El camión rompió la valla de alambre con un estruendo metálico. Lía cruzó. Estaba en otro país. Estaba a salvo.
Frenó el camión en seco y bajó, mirando hacia atrás. La tormenta de sal empezaba a asentarse. El helicóptero se elevaba de nuevo, perdiéndose en la neblina de calor. En mitad de la blancura infinita, solo quedaba una mancha oscura sobre la sal. Un cuerpo inmóvil.
Lía cayó de rodillas en la carretera pavimentada, el contraste del asfalto negro contra su piel blanca y salada. Había ganado su libertad, pero el silencio que venía del desierto era el peso más grande que jamás había cargado.