El asfalto de la Ruta 52 estaba caliente, un río negro que cortaba el desierto chileno con una precisión quirúrgica. Lía permanecía de pie junto a la mole oxidada del camión minero, que ahora parecía un monumento al caos en mitad de la pulcritud de la carretera. Sus oídos pitaban por el estruendo del helicóptero, y el silencio que siguió fue tan pesado que sentía que sus tímpanos iban a estallar.
Miró hacia atrás, hacia la valla de alambre de espino que acababa de destrozar. Del otro lado, las Salinas Grandes brillaban con una indiferencia cruel. No había rastro de Bruno. No había rastro de Varga. Solo una neblina de calor que bailaba sobre la sal, borrando las huellas de la batalla.
—Bruno... —susurró, y su voz se quebró, perdiéndose en el viento seco de la Puna.
Se dejó caer contra una de las ruedas gigantescas del camión. El hombro le ardía, la sangre empapaba su camiseta, pero el dolor físico era un susurro comparado con el vacío que sentía en el pecho. Sacó el mapa de Samuel del bolsillo. Estaba arrugado, manchado de sangre y sal, pero seguía siendo su única brújula.
Un vehículo de Carabineros apareció en el horizonte, sus luces azules y rojas parpadeando débilmente bajo el sol abrasador. Lía sabía lo que vendría a continuación: interrogatorios, hospitales, llamadas a la embajada, el regreso inevitable a la red de influencias de su familia. Si se quedaba allí, Julián Varga ganaba. Ganaba porque, aunque ella estuviera físicamente libre, su alma se quedaría atrapada en ese desierto, buscando siempre una sombra que no volvería.
Cerró los ojos y recordó la última mirada de Bruno. No había sido una despedida; había sido un encargo. "Haz que valga la pena".
Lía se puso de pie con una dificultad que la hacía parecer décadas mayor. Sus rasgos, esos que Bruno había memorizado en la oscuridad de la cueva, estaban ahora endurecidos por una resolución de acero. No iba a ser una víctima rescatada. No iba a permitir que el sacrificio de Bruno fuera simplemente una nota al pie en la historia de los Valverde.
Abrió el mapa de Samuel por la última sección, la que nunca habían llegado a leer. Había una anotación en el reverso, escrita con una caligrafía temblorosa: "En el Paso de Sico, donde la sal se vuelve roja al atardecer, busca la piedra con la marca del cóndor. Allí, el camino no termina, solo cambia de dueño".
Lía miró hacia el norte. El puesto de control chileno estaba a pocos kilómetros. Podía entregarse, pedir asilo y dejar que la diplomacia se encargara de Varga. O podía usar el mapa. Podía usar los secretos que Bruno le había confiado sobre las rutas de suministros de Julián para hacer algo que nadie esperaba de ella.
No iba a huir más. Iba a cazar.
Subió de nuevo a la cabina del camión. El motor todavía ronroneaba, un latido mecánico que se negaba a morir. Metió la marcha, pero no hacia el puesto de control. Giró el volante hacia un camino lateral de ripio que bordeaba la frontera, una ruta que no aparecía en los GPS oficiales, pero que Samuel había trazado con tinta roja.
Si Bruno seguía vivo, Varga lo llevaría a la "Casa de Piedra", el centro operativo que mencionaba el mapa. Y si Bruno estaba muerto... Lía se encargaría de que Julián Varga no tuviera un imperio al cual regresar.