El camino de ripio era una cicatriz gris que serpenteaba entre formaciones de roca volcánica. Lía conducía el camión con una mano aferrada al volante y la otra presionando el vendaje improvisado de su hombro. El traqueteo del motor era lo único que mantenía sus pensamientos a raya, impidiendo que la imagen de Bruno cayendo sobre la sal la devorara por completo.
Finalmente, divisó la "Piedra del Cóndor". Era un monolito natural, erosionado por siglos de viento andino, que proyectaba una sombra alargada sobre una pequeña construcción de adobe y piedra, casi invisible contra la ladera del cerro. Era el refugio final de Samuel.
Lía detuvo el camión y bajó. El silencio aquí arriba era sagrado, solo roto por el silbido del viento entre las piedras. Entró en la cabaña. El interior olía a romero seco y a papel viejo. Era un santuario de información: estanterías llenas de carpetas, mapas topográficos detallados y un equipo de radio de onda corta que parecía sacado de una película de espionaje de la Guerra Fría.
Se dirigió directamente a un baúl de madera bajo la ventana. Al abrirlo, encontró lo que Samuel había prometido: el diario original. No eran solo relatos de rutas; eran pruebas. Fotografías de cargamentos ilegales, registros de depósitos bancarios firmados por su padre y por Julián Varga, y una lista de nombres de funcionarios que habían sido comprados para que las fronteras se volvieran invisibles para ellos.
—Lo tenías todo, Samuel —susurró Lía, pasando los dedos por las páginas—. Por esto te mataron.
Se acercó a un pequeño espejo colgado en la pared. Estaba rajado de arriba abajo, devolviéndole una imagen fragmentada de sí misma. Sus ojos, antes suaves y cargados de dudas, ahora eran dos pozos de determinación oscura. Tenía la piel curtida por la sal y el cabello enredado, manchado de la sangre de Bruno.
Agarró unas tijeras de costura que estaban sobre la mesa y, sin dudarlo, cortó los mechones largos que siempre habían sido el orgullo de su madre. El cabello cayó al suelo de tierra como pétalos marchitos. Ya no era Lía Valverde, la prometida trofeo. Era la mujer que iba a desmantelar un imperio.
Se curó la herida del hombro con un antiséptico que encontró en un botiquín de primeros auxilios. El ardor fue un recordatorio de que seguía viva, de que el sacrificio de Bruno no había sido en vano. Se puso una chaqueta de lona resistente y se ajustó el cinturón con la Glock.
De repente, un estallido de estática llenó la habitación.
El equipo de radio se había encendido solo, o quizás alguien estaba transmitiendo en la frecuencia de emergencia marcada en rojo sobre el dial. Lía corrió hacia la mesa, con el corazón golpeándole la garganta.
—¿Hola? ¿Hay alguien ahí? —preguntó, apretando el botón del micrófono.
Solo hubo estática al principio. Luego, a través del ruido blanco, una voz distorsionada y lejana empezó a repetir una secuencia de números.
“...siete-cuatro-dos... repito... siete-cuatro-dos... las estrellas no se apagan... siete-cuatro-dos...”
Lía se quedó paralizada. El código "742" era la página del libro de navegación que Bruno le había mostrado en la cabaña, donde él había escrito su nombre junto al de ella. Y la frase... "las estrellas no se apagan". Era lo que él le había susurrado al oído antes de que la tormenta de sal los separara.
—¡Bruno! —gritó ella—. ¡Bruno, sé que eres tú! ¿Dónde estás?
La radio volvió a la estática absoluta. La señal se había perdido, pero el mensaje estaba claro. No era una llamada de auxilio; era una señal de posición. Bruno estaba vivo, y la estaba enviando a las coordenadas que correspondían a la "Casa de Piedra" de Varga.
Lía cerró el diario de Samuel y lo guardó en su mochila. Ya no necesitaba que el gobierno chileno la salvara. Tenía las pruebas para hundir a Varga, y ahora tenía la certeza de que el hombre que amaba la estaba esperando en el corazón del territorio enemigo.