Lía no perdió un segundo más. En el cobertizo adyacente a la cabaña de Samuel, bajo una lona cubierta de polvo volcánico, descansaba un viejo Jeep Willys militar, pintado de un color arena que lo hacía casi invisible en el desierto. A diferencia del camión minero, este era ágil, rápido y, lo más importante, tenía los tanques de combustible llenos.
—Gracias, Samuel —susurró, lanzando su mochila al asiento del copiloto.
Antes de subir, Lía se detuvo frente a la mesa de radio. Miró el diario, cuyas páginas contenían suficiente evidencia para destruir la carrera de su padre y llevar a Julián Varga a una prisión de máxima seguridad de por vida. Si lo entregaba ahora en el puesto fronterizo chileno, ella estaría a salvo para siempre. La justicia se encargaría del resto.
Pero la justicia era lenta. Y Bruno no tenía tiempo.
Si esperaba a que la burocracia internacional actuara, para cuando los helicópteros de la policía llegaran a la "Casa de Piedra", Bruno solo sería un recuerdo enterrado bajo la sal. Lía tomó una decisión que la alejaba definitivamente de la mujer que solía ser: no entregaría el diario. Lo usaría como un arma de corto alcance.
Arrancó el Jeep. El motor rugió con una vitalidad joven, un contraste agudo con el cansancio que sentía en sus huesos. Condujo de regreso hacia la línea divisoria, pero esta vez no buscó los caminos principales. Usó la senda de los contrabandistas que Samuel había marcado con una precisión casi obsesiva.
A medida que el sol empezaba a bajar, tiñendo las cumbres de los Andes de un rojo violáceo sangre, Lía divisó la estructura. La "Casa de Piedra" no era una casa; era un búnker de hormigón y roca construido en la ladera de un desfiladero, oculto a la vista aérea por salientes naturales. Era el corazón del imperio de Varga, el lugar donde las leyes no existían.
Vio los focos de vigilancia barriendo la entrada. Vio los vehículos negros estacionados en formación. Y en lo alto de la torre de comunicaciones, vio ondear una lona rasgada que reconoció al instante: un jirón de la chaqueta de cuero de Bruno.
Era una invitación. Un desafío.
Lía detuvo el Jeep a un kilómetro de distancia, ocultándolo en una grieta entre las rocas. Se ajustó la mochila, revisó el cargador de la Glock y guardó el diario de Samuel en el bolsillo interior de su chaqueta, justo sobre su corazón.
—Ya voy, Bruno —murmuró, mirando cómo las primeras estrellas empezaban a puntear el cielo púrpura—. Y esta vez, no soy yo la que necesita ser rescatada.
Cruzó la frontera a pie, deslizándose entre las sombras de las rocas volcánicas. El capítulo termina con Lía Valverde, la mujer que el mundo creía perdida o muerta, observando desde la oscuridad las luces del búnker de Varga. Sus ojos no reflejaban miedo, sino el reflejo frío y letal de las estrellas que, según Bruno, nunca se apagaban.