Donde nos alcanzan las estrellas

CAPÍTULO 11: Donde las estrellas mueren (Parte 1)

La "Casa de Piedra" era una herida de hormigón incrustada en la ladera de un desfiladero ciego. El frío de la noche andina bajaba por las rocas como un río invisible, pero Lía no temblaba. Sus dedos, envueltos en los guantes de cuero tácticos que encontró en el Jeep de Samuel, se aferraban a la piedra volcánica mientras descendía por la pendiente trasera del complejo.

Había tres guardias en el perímetro exterior, fumando y bromeando junto a una fogata improvisada. Lía los observó desde las sombras, con la Glock ajustada en su mano derecha. No buscaba una masacre; buscaba precisión. Recordó las lecciones implícitas de Bruno durante el viaje: "El enemigo más peligroso no es el que tiene el arma más grande, sino el que sabe dónde está la puerta de atrás".

Usó el diario de Samuel como guía. El viejo contrabandista había dibujado un esquema del búnker décadas atrás: un conducto de ventilación que conectaba la cocina con el nivel inferior, donde se guardaban los generadores... y las celdas de castigo.

Se deslizó por el conducto, sintiendo el olor a metal rancio y diesel. El espacio era estrecho, claustrofóbico, pero Lía se movía con una agilidad que habría sorprendido a la mujer que hace solo una semana temía romperse una uña. Al llegar al final, pateó la rejilla con un golpe seco y cayó sobre el suelo de cemento frío del sótano.

—¿Quién anda ahí? —gritó un guardia desde el pasillo, el sonido de sus botas acercándose rápidamente.

Lía se pegó a la pared, conteniendo la respiración. Cuando el hombre asomó la cabeza por la puerta, ella no disparó. Usó la culata de la pistola para golpearlo en la base del cráneo con una fuerza que nació de días de rabia acumulada. El guardia cayó como un fardo de ropa vieja. Lía le quitó la tarjeta de acceso y las llaves.

Corrió por el pasillo de hormigón, iluminado por luces fluorescentes que parpadeaban con un zumbido eléctrico molesto. Al fondo, tras una puerta reforzada, escuchó un sonido que le heló la sangre: el chasquido metálico de una fusta y un gemido ahogado que reconoció al instante.

—¡Bruno! —susurró, pasando la tarjeta por el lector.

La puerta se abrió con un siseo neumático. La habitación era pequeña, húmeda y olía a sangre fresca y ozono. En el centro, encadenado por las muñecas a una viga del techo, estaba Bruno. Su torso estaba desnudo, cubierto de nuevos hematomas y cortes que se cruzaban con sus viejas cicatrices. Tenía la cabeza baja, el cabello empapado en sudor y sangre.

Frente a él, sentado en una silla de oficina de cuero, Julián Varga sostenía un vaso de whisky, observando a su prisionero con una mezcla de aburrimiento y placer sádico.

—Llegas tarde, querida —dijo Varga sin volverse, su voz resonando en las paredes desnudas—. Esperaba que aparecieras por la puerta principal con el diario en la mano, pidiendo clemencia. Entrar por los conductos de ventilación... es un poco ordinario, ¿no crees?

Lía apuntó con la Glock directamente a la nuca de Varga.

—Suéltalo, Julián. Ahora.

Varga se levantó lentamente, dejando el vaso sobre una mesa metálica llena de herramientas de tortura. Se giró, y Lía vio que él también tenía un arma, pero no la apuntaba a ella. La apuntaba al corazón de Bruno.

—Es un dilema interesante, ¿verdad? —Varga sonrió, y por primera vez, su locura era evidente tras la máscara de caballero—. Si me disparas, mi dedo apretará el gatillo por puro reflejo. Él muere, tú vives con la culpa. Si bajas el arma, ambos mueren, pero al menos podrán tomarse de la mano en el infierno.

Bruno levantó la cabeza con un esfuerzo supremo. Sus ojos encontraron los de Lía. No había ruego en ellos, solo una orden silenciosa: Termina esto.

—No he venido a negociar, Julián —dijo Lía, y su voz era tan fría como la sal de las salinas—. He venido a mostrarte lo que pasa cuando intentas ser el dueño de algo que nunca pudiste entender.



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En el texto hay: aventura, amor

Editado: 26.02.2026

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