Varga soltó una carcajada que resonó como metal chocando contra el hormigón. Sus dedos se apretaron ligeramente sobre el gatillo de la Beretta que apuntaba al pecho de Bruno.
—¿Qué intentas entender, Lía? ¿Que eres libre? —Varga dio un paso hacia ella, su sombra alargándose de forma grotesca bajo los fluorescentes—. No hay libertad sin dinero, y no hay dinero sin el diario que tienes en esa mochila. Dámelo y dejaré que este animal muera desangrado en paz. Es un trato generoso.
Lía no retrocedió. De hecho, sonrió, una expresión que descolocó por completo a Julián.
—No lo tengo, Julián —dijo ella, con una calma que heló el aire—. Lo dejé en la cabaña de Samuel. Pero antes de venir, conecté el equipo de radio a un temporizador digital. Si no regreso para introducir una clave en los próximos sesenta minutos, el diario completo, con las cuentas de mi padre y tus rutas de tráfico, se enviará automáticamente a la red satelital de la Interpol y a los tres principales diarios de Santiago y Buenos Aires.
Varga se quedó paralizado. La máscara de superioridad se resquebrajó, dejando ver a un hombre que veía cómo su imperio de cristal empezaba a astillarse.
—Mientes —siseó él, pero su mano empezó a temblar imperceptiblemente.
—¿Quieres arriesgarlo todo para averiguarlo? —Lía dio un paso al frente—. En una hora, serás el hombre más buscado del continente. Ni siquiera tu dinero podrá comprar un escondite lo suficientemente profundo.
Bruno, aprovechando la distracción, soltó un rugido ronco y tiró de sus cadenas con una fuerza desesperada. El metal crujió contra la viga vieja. Varga, entrando en pánico, giró el arma hacia Lía, pero ella fue más rápida. No disparó a Julián; disparó al panel de control de los generadores que estaba justo detrás de él.
Un estallido de chispas azules inundó la habitación. El olor a ozono se volvió insoportable y, de repente, las luces se apagaron, sumiendo el búnker en una oscuridad absoluta, solo rota por las luces rojas de emergencia que empezaron a girar con un pitido estridente.
—¡Maldita seas! —gritó Varga en la penumbra.
Lía se lanzó al suelo, rodando hacia donde estaba Bruno. Escuchó dos disparos de Varga que impactaron en la pared de hormigón sobre su cabeza. En la penumbra roja, vio el brillo de un cortaplumas táctico en el cinturón del guardia que había noqueado antes. Lo alcanzó y, con movimientos frenéticos, empezó a forzar la cerradura de los grilletes de Bruno.
—Lía... vete... —susurró Bruno, su voz era un hilo de sangre y fatiga.
—Cállate y ayúdame —le espetó ella, sintiendo cómo el primer grillete cedía con un clic liberador.
El segundo grillete cayó justo cuando Varga recargaba su arma. Bruno se desplomó sobre Lía, pesado y ardiendo de fiebre, pero sus manos buscaron instintivamente el arma que ella le ofrecía.
—Varga no se irá sin el diario —masulló Bruno, poniéndose en pie con una voluntad que desafiaba a la muerte—. Y yo no me iré sin terminar esto.
En ese momento, una explosión sorda sacudió el búnker. El sabotaje de los generadores había provocado un cortocircuito en el depósito de combustible externo. El techo vibró y el polvo de cemento empezó a caer como nieve gris sobre ellos.
—¡El búnker va a colapsar! —gritó Lía.
A través del humo rojo, vio la silueta de Varga huyendo hacia la salida lateral, la que llevaba al helipuerto privado. Julián no iba a pelear; iba a intentar llegar a la cabaña de Samuel para detener la transmisión antes de que fuera tarde.
—No llegará —dijo Bruno, limpiándose la sangre de los ojos y apuntando hacia la silueta que se desvanecía en el pasillo—. Pero tú y yo tampoco si no nos movemos ahora.
Corrieron por el pasillo envuelto en llamas, con el calor lamiéndoles la piel y el rugido del búnker muriendo a su alrededor. Era la carrera final, no hacia una frontera de mapas, sino hacia el final de sus propias sombras.