El aire en el exterior del búnker era un latigazo de frío que contrastaba con el infierno de humo que dejaban atrás. Lía y Bruno emergieron a la plataforma del helipuerto justo cuando las alarmas de emergencia se fundían en un solo quejido sordo. Arriba, las aspas del helicóptero de Varga empezaban a girar, cortando el aire con un sonido metálico y frenético.
—¡Julián! —gritó Lía, su voz elevándose sobre el rugido del motor.
Varga estaba a mitad de la escalerilla, con el rostro desencajado y la camisa de seda empapada en sudor y polvo de cemento. Se detuvo, mirando hacia abajo con una mezcla de odio puro y desesperación. Sabía que el tiempo corría en su contra; cada segundo que pasaba, el diario de Samuel se acercaba más a los servidores de la Interpol.
—¡Maldita sea, Lía! —bramó Varga, sacando su arma una vez más—. ¡Dame el código! ¡Dámelo y te juro que te dejaré desaparecer en este desierto!
Bruno se adelantó, cubriendo a Lía con su cuerpo. Estaba exhausto, sangrando por múltiples cortes, pero sus ojos brillaban con una lucidez mortal. Levantó su propia arma, apuntando no a Varga, sino al depósito de combustible auxiliar que colgaba del patín del helicóptero.
—No hay códigos, Julián —dijo Bruno, su voz firme como el granizo—. No hay tratos. Lo que hay es el final de tu historia.
—¿Crees que puedes ganarme, Álvarez? —Varga rió con histeria, el viento de las aspas agitando su cabello—. Soy el dueño de cada centímetro de esta tierra. ¡Soy intocable!
Lía dio un paso al frente, apartando suavemente el brazo de Bruno. Miró a Varga a los ojos y sacó un pequeño objeto de su bolsillo: el encendedor de oro que Julián le había regalado el día de su compromiso.
—Nadie es intocable en el desierto, Julián —dijo ella.
Lanzó el encendedor hacia el rastro de combustible que goteaba del helicóptero dañado por el sabotaje del búnker. El pequeño objeto brilló bajo las estrellas antes de golpear el suelo. El rastro de queroseno prendió instantáneamente, una línea de fuego azul que subió veloz hacia la aeronave.
Varga gritó, intentando subir a la cabina, pero el piloto, presa del pánico al ver las llamas, aceleró el despegue. El helicóptero se elevó tambaleante, envuelto en una bola de fuego que iluminó el desfiladero como un segundo sol. La explosión fue sorda, un estallido de magnesio y acero que se desintegró contra la ladera de la montaña opuesta.
El silencio que siguió fue absoluto. Los restos ardientes cayeron como estrellas fugaces hacia el fondo del abismo, perdiéndose en la oscuridad de las Salinas.
Lía se quedó inmóvil, mirando el resplandor que se apagaba lentamente. Sintió la mano de Bruno sobre su hombro, pesada y cálida. Se giró hacia él. Estaban cubiertos de ceniza y sal, dos náufragos que finalmente habían llegado a la orilla.
—Se acabó —susurró ella, dejando que la Glock cayera de sus manos.
Bruno la rodeó con sus brazos, atrayéndola hacia su pecho. Lía apoyó la cabeza en su hombro, cerrando los ojos. El búnker detrás de ellos terminó de colapsar con un estruendo profundo, tragándose los secretos, el dinero y los pecados de una vida que ya no les pertenecía.
—Mira —dijo Bruno, señalando hacia el cielo.
Sobre ellos, la Vía Láctea se extendía con una claridad dolorosa. En la inmensidad del altiplano, las estrellas no parpadeaban; brillaban con una fijeza eterna, indiferentes a las tragedias de los hombres.
—Tenías razón —murmuró Lía, sintiendo por primera vez que el aire entraba en sus pulmones sin quemar—. Las estrellas no se apagan.
Se quedaron allí, dos sombras en mitad de la nada, mientras el primer rayo de luz del alba empezaba a teñir de rosa el horizonte de sal, anunciando el primer día de una libertad que ya no tenía precio.