Islas Galápagos, Ecuador. Seis meses después.
El aire aquí no sabía a mineral seco, sino a salitre vivo y humedad tropical. Lía estaba sentada en el muelle de madera de una pequeña clínica marina, con los pies descalzos colgando sobre el agua turquesa. Llevaba el cabello corto, un corte práctico que enmarcaba sus facciones ahora más angulosas y decididas. En su regazo, una tableta mostraba los titulares internacionales que habían sacudido al mundo financiero meses atrás.
"CAE EL IMPERIO VALVERDE: DOCUMENTOS FILTRADOS VINCULAN A LOGÍSTICA TRANSANDINA CON REDES DE TRÁFICO INTERNACIONAL"
La fotografía de su padre, escoltado por la policía federal al salir de su mansión en Buenos Aires, ya no le provocaba dolor, solo una fría sensación de justicia cumplida. Lía había enviado el diario de Samuel desde un cibercafé en Antofagasta, asegurándose de que las copias llegaran simultáneamente a tres fiscales distintos. No se quedó a ver el incendio; ella ya había ardido lo suficiente.
Escuchó unos pasos rítmicos sobre la madera vieja del muelle. No necesitó girarse para saber quién era. El andar de Bruno seguía teniendo esa precaución táctica, aunque ahora era más relajado.
—El motor de la lancha de rescate está listo, Valverde —dijo él, sentándose a su lado.
Bruno vestía una camisa de lino claro que dejaba ver, a través del cuello abierto, la cicatriz blanquecina que le cruzaba el pecho. Su piel estaba bronceada por el sol del Pacífico, y sus ojos, antes cargados de una fatiga milenaria, ahora reflejaban la paz del horizonte.
—¿Me sigues llamando por mi apellido? —preguntó ella con una sonrisa de reojo.
—Es una cuestión de respeto —respondió él, aunque sus dedos buscaron los de ella, entrelazándolos con una familiaridad que no necesitaba etiquetas—. Además, "Lía" suena demasiado a la mujer que solía vivir en una jaula de oro. Esta mujer... la que cura tortugas y maneja bases de datos encriptadas... es otra persona.
Lía apoyó la cabeza en su hombro. Bruno ya no olía a pólvora ni a sudor frío, sino a mar y a madera limpia.
—A veces sueño con las Salinas —confesó ella en voz baja—. Sueño que sigo corriendo y que el blanco no termina nunca.
—Es el desierto reclamando su parte —dijo Bruno, apretándole la mano—. Pero ya no estamos allí. Cruzamos la frontera, Lía. Todas las fronteras.
Se quedaron en silencio, observando cómo el sol empezaba a hundirse en el océano, tiñendo el agua de un naranja encendido que recordaba al fuego del búnker, pero sin su violencia. No tenían grandes fortunas, ni apellidos que proteger, ni guardaespaldas en la sombra. Solo tenían sus nombres reales y una cuenta bancaria modesta que Samuel había dejado a nombre de "Elena" en un banco suizo, un último regalo del viejo contrabandista para que Bruno pudiera empezar de nuevo.
—¿Crees que alguna vez nos encuentren? —preguntó ella.
Bruno miró hacia el horizonte infinito, donde las primeras estrellas empezaban a asomar con esa fijeza que solo se ve en los lugares puros.
—Que lo intenten —dijo él con una chispa de su antigua peligrosidad—. Aprendimos de los mejores. Sabemos cómo desaparecer.
Lía cerró la tableta y se puso de pie, tirando de Bruno para que la siguiera. Caminaron hacia la pequeña cabaña que ahora llamaban hogar, dejando atrás el pasado como si fuera una costra de sal que el océano finalmente había logrado disolver.
En el cielo, las estrellas brillaban con fuerza. Y por primera vez en su vida, Lía Valverde no sentía que las estrellas la vigilaban, sino que la guiaban hacia un mañana que ella misma, punto por punto, había decidido escribir.