PREFACIO
Las voces de las cuatro de la mañana
Escribo estas líneas a las cuatro de la mañana, en la penumbra de una habitación donde el único sonido es el eco solitario de mi teclado y el ruido incesante de mi propia mente que se niega a apagarse. A mi lado, mi esposo duerme con la tranquilidad de quien ha cumplido con su jornada. Sobre mi pecho, mi bebé inquieta descansa pesadamente. En este instante de absoluto silencio, me doy cuenta de que este libro no es un capricho; es mi balsa de salvación.
Decidí escribir porque me cansé de callar. Nos enseñan desde niñas que una buena mujer debe ser un escudo inquebrantable, una proveedora de cuidados que nunca se queja, que todo lo limpia y que todo lo soporta. Pero nadie te advierte sobre el vacío que queda por dentro cuando te entregas tanto a los demás que terminas convirtiéndote en un cascarón vacío. Este manuscrito no busca banderas políticas ni etiquetas; busca aire. Es mi testimonio honesto y sin filtros, entregado al papel para recordar que, detrás de la madre, la esposa, la hija y la dueña de casa, todavía existe una persona que merece ser vista, amada y valorada. Si mis palabras logran que otra mujer atrapada en su propio encierro se sienta comprendida