Donde Quedo Yo

PRÓLOGO

PRÓLOGO

El minuto de paz que nunca llega

Vivir, recorrer, conocer, aprender, disfrutar. Cinco verbos tan sencillos para el resto del mundo, pero que para mí se han convertido en un lujo que solo me está permitido reclamar en mis sueños. Cuando abro los ojos cada mañana, mi realidad es una muralla infranqueable. Soy una mujer casada, madre de hijos pequeños y cuidadora de mis padres, a quienes amo con toda mi alma. Ellos me cuidaron cuando fui una niña desvalida, y hoy la vida ha invertido los papeles: son ancianos discapacitados que dependen enteramente de mis manos, de mis fuerzas y de mi tiempo.

Pero en medio de este engranaje perfecto donde todos reciben algo de mí, me asalta siempre la misma pregunta, una que me quema el pecho: ¿Dónde quedo yo?

Algo tan absurdamente simple como salir a comprar se transforma en una operación militar imposible. No puedo cruzar la puerta principal. Si lo intento, se dispara una alarma invisible en mi mente: que la bebé necesita su leche, que mis padres dependientes se pueden caer, que los niños están por llegar del colegio, que el marido regresará pronto y exigirá su cena. Todos los días, a todas horas, el mundo entero gira en torno a las necesidades de los demás. En la cama, la bebé se pasa a mi lado invadiendo mi espacio; por la mañana no me quiero levantar, pero tengo responsabilidades con el almuerzo y el aseo de mis padres. Y yo, la mujer, la persona independiente que un día quise ser, ¿dónde queda?

A veces la asfixia es tanta que me dan ganas de escapar a la playa. Solo quiero mirar el mar, despejarme, respirar hondo aunque sea por un maldito minuto. Necesito sacarme de la espalda los problemas y las preocupaciones que me doblan la columna. Pero no puedo. Si intento dar un paso hacia afuera, mis propios hijos me miran con sus ojos inocentes y me dicen: “Mamá, ¿puedo ir contigo?”. Y la culpa me aprieta la garganta. Les tengo que decir que no, que esta vez no se puede. Pero ellos, con la lógica implacable de la infancia, me reclaman: “¿Pero cómo? Si ayer saliste con mi hermano”.

Entonces me doy la vuelta, me trago las lágrimas y vuelvo a entrar a la casa. Quiero conducir para relajarme, pero en cuanto enciendo el motor, comienza el pare, la gente, la velocidad, el cuidado ajeno... la vida allá afuera va demasiado rápido para alguien que lleva el peso del mundo en la espalda. Detengo el auto a mitad de camino y le digo a mi esposo: “Carlos, maneja tú; en vez de relajarme me estresas más”. Quiero desconectar mi cuerpo de mi mente, pero no hay dinero, no hay medios. El escape es una fantasía.




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