Donde Quedo Yo

CAPÍTULO 3

CAPÍTULO 3

La soledad del aeropuerto y el desamparo de las decisiones

El cerebro de una cuidadora nunca duerme. Mientras mi cuerpo arrastra los pies por el pasillo, mi mente está calculando las dosis de los remedios de mis padres, la lista del supermercado que no alcanza, las tareas escolares y los llantos que debo calmar. Es un desgaste que te drena la energía vital hasta dejarte en los puros huesos.

Mi esposo trabaja en un régimen de turnos: pasa diez días fuera de la casa y luego regresa. Durante esos diez días de ausencia, yo me quedo aquí, cargando absolutamente con todo el peso del hogar, de la crianza y de la salud de dos adultos mayores dependientes. Nosotras las esposas pensamos de inmediato: "Niños, no hagan ruido, su papá tiene que dormir. Hoy prepararé todo para que él descanse, trabajó diez días fuera. Niños, no le den problemas al papá, lo arreglamos después". Es culpa mía cuidarlo, es culpa mía protegerlo, es culpa mía tener que llevar todo el peso de las vidas de la casa y el mantenimiento de ella.

Mientras él está lejos, en la soledad de su trabajo, en sus momentos de juntas de amigos, pensamos: ¿Pensará él en el desgaste de su pareja? Mientras ustedes juegan pool o se fuman un cigarro con una cerveza, ella está metida entre estudios, pañales, leches, peleas de niños y comidas.

Una vez pasé diez días brutales. Mi hijo, que tiene TDAH y TDA, estaba sufriendo un bullying feroz y despiadado en el colegio. Me volví loca buscando ayuda. Corrí de arriba abajo: hablé con directores, rogué en ONG, acudí a la policía, fui a tribunales y consulté a psicólogos profesionales. Hice todo lo que estuvo a mi alcance para que mis hijos pudieran decir gracias papá y mamá. Pero el sistema me cerró todas las puertas. El colegio tenía más peso que la salud de un niño.

Cuando se cumplió el plazo y fui a buscar a mi esposo al aeropuerto, yo sentía que el cuerpo no me daba más. Estaba rota por dentro, conteniendo el llanto de diez días de batalla en solitario. Nos subimos al auto y lo único que yo quería, lo que mi alma suplicaba, era desahogarme con él para que me ayudara en algo.

Pero en lugar de contención, recibí una pared: “Mi amor, vengo recién llegando del turno, tú estás en casa, usted toma las decisiones”.

Mi conciencia decía en silencio: “Solo quería que me escucharas y me contuvieras”. Él pensaba que me estaba dando autonomía, pero en realidad me estaba abandonando en la más absoluta de las soledades. Y después, en alguna pelea cualquiera, te lanza la frase destructiva: “Yo trabajo, tú no”.




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