CAPÍTULO 4
El espejo roto y el cortisol de la injusticia
A veces cometo el error de pararme frente al espejo del baño y mirarme de verdad. Y digo que es un error porque la imagen que me devuelve el reflejo me duele más que el cansancio físico. Ya no soy la mujer que era. No soy ni la sombra de la persona que fui; soy un cascarón vacío que ya no siente, que se siente fea, insegura y completamente borrada. No me siento deseada por mí misma.
Mi talla hoy es grande. Y las personas de fuera, con esa ligereza tan cruel e ignorante que tienen los que miran la vida desde la vereda de enfrente, dicen: “Cierre la boca”, “es que come mucho”.
Qué fácil es juzgar desde fuera cuando no conoces la realidad de la casa. Mi cuerpo no cambió por la comida; cambió por el encierro. ¿Qué actividad física puedo hacer metida aquí dentro? El estrés crónico de cuidar a ocho personas y la angustia de no tener un minuto de paz elevan el cortisol en la sangre. Mi cuerpo no está grande por descuido; está hinchado de cansancio, de pena, de rabia contenida y de silencios. Se tuvo que ensanchar para poder cargar el peso de ocho vidas sobre los hombros, porque sabía perfectamente que si yo me quebraba, toda esta casa se venía abajo.