CAPÍTULO 5
La contabilidad del descanso y la ayuda con subtítulos
Cuando mi esposo está en la casa en sus días de descanso, la dinámica en lugar de aliviarse se vuelve un cobro constante. Él tiene un horario muy claro cuando está en su trabajo: entra a las 9:30 de la noche, come, se baña y va a dormir hasta las 5:00 de la mañana que se levanta para trabajar. Él hace una sola función en su trabajo y por eso recibe un sueldo. Nosotras, ¿cuántas funciones tenemos en el día?
Aun así, cuando él está aquí, el orden cae a cero. Tengo que ordenar todo el desorden para poder acostarme en una pieza ordenada y limpia, para que después me digan con desprecio: “¿Por qué está la pieza así?”. En mi mente le grito: “¡Hoy no tuve tiempo de hacerla! Pero en vez de dormir un ratito, ¿por qué no me ayudas a hacerla?”. Eso me gustaría decirle, pero las mujeres nos callamos tanto las cosas por mantener una paz que por dentro nos está destruyendo.
Llega el fin de semana o su día de descanso. Se levanta a las siete de la mañana, le prepara la leche a la bebé y viene a la cama. Pero no viene con amor; viene con un cobro:
“Ya, le hice la leche, ahora múdala tú. ¿Te cuesta tanto poder hacer las cosas y dejarme descansar un día?”.
Mi cuerpo todavía está pegado del cansancio de toda la noche, pero ya tengo una deuda acumulada. Si logro ganarle unos minutos al día para intentar recuperarme, él se encarga de la bebé, pero en cuanto me ve un poco mejor, la factura llega de inmediato:
“Yo me encargué de las niñas este rato, ahora te toca a ti hacer lo demás”.
Como si todo lo que yo hago el resto del día no valiera nada. Para él, mi cansancio es flojera; mi necesidad de paz es aburrimiento. Y aparte de todo esto, tenemos que cumplir con nuestro rol de compañeras en el momento en que los niños duermen, cuando el cuerpo ya no da más. Cada vez que le pido ayuda tengo que retribuirle con algo, porque no le nace de corazón. Cuando me dice “Mi amor, hoy yo me encargo, tú descansa”, sé que viene el teatro: camina pisando fuerte por la casa, tira los juguetes, suspira ruidosamente para que yo lo escuche desde la otra pieza. Me castiga con su ruido. Me hace pagar el precio de mi descanso con su mal humor. Y yo me pregunto en silencio: si yo hago lo mismo todos los días del año y sin parar... ¿por qué yo no tengo derecho a quejarme?
Miremos la realidad de frente en esta pantalla de contraste:
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PANTALLA DE CONVERSACIÓN CRUZADA: EL ESPEJO DE LA CASA
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Lo que él dice: Lo que tu realidad responde:
"Vengo cansado de trabajar". "Yo no he parado de trabajar en años.
Tu turno tiene fin, el mío es 24/7".
Lo que él dice: Lo que tu realidad responde:
"Ya cuidé a la niña un rato, "Cuidar a tu hija no es un favor que
ahora te toca a ti el resto". me haces, es tu rol de padre. Yo no
te cobro por limpiar tu desorden".
Lo que él hace al "ayudar": El impacto en tu mente:
Pisar fuerte, tirar juguetes y Te llena de culpa por descansar. Su
suspirar ruidosamente. ayuda se vuelve un castigo ambiental.
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