CAPÍTULO 7
El silencio del aeropuerto y los elogios que solo existen en los libros
Cuando el insomnio me atrapa a las cuatro de la mañana, busco desesperadamente un salvavidas. Tomo el celular, me pongo a leer o a escribir estas mismas líneas. Lo hago para que mi mente no encuentre la angustia del día que viene. Pero el espacio para mí siempre viene con un castigo. Al día siguiente, cuando el cuerpo me pesa, viene el reclamo de mi esposo: “Después no se queje de que está cansada, usted no quiso dejar el celular por estar escribiendo o leyendo”. ¡Ay, por Dios! No entiende que el celular no es un capricho; es la única ventana al mundo que me queda.
Me pregunto a menudo, y les pregunto a ustedes, lectoras: ¿Cuándo será el día en que pueda escuchar un elogio de mi esposo? ¿Cuándo me mirará y me dirá: “Eres la mejor mujer, la mejor mamá, la mejor amante”? ¿O es que esas palabras de validación solo existen en las novelas que leo por las noches para no volverme loca?
A veces trato de hacer algo distinto para romper la rutina implacable. Cocino algo especial o cambio algo en la casa esperando un: “¡Oh, mi amor, me sorprendiste!”. Pero el guion siempre sale al revés. Escucho lo contrario: una crítica, un detalle que faltó, un reproche. Y después se quejan de que una no tiene iniciativa, de que no hace nada nuevo. ¿Con qué ganas va a hacer una algo distinto si la única respuesta fija es el reproche? El desinterés te va apagando las ganas de intentar.
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PANTALLA DE DEBATE: EL REPROCHE VS. EL SILENCIO
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Tu esfuerzo invisible: Lo que recibes a cambio:
- Escribir a las 4 AM para - "No se queje de tener sueño por
no volverte loca de ansiedad. estar metida en el celular".
- Arreglarte el pelo, pintarte y - Silencio absoluto. Ni una mirada,
buscar ropa decente de tu talla. ni un "te ves linda".
- Intentar salir de la rutina. - "No haces nada". Reproches.
Veredicto para el debate:
¿Por qué el trabajo del minero se aplaude y se premia con descanso,
mientras el trabajo de la cuidadora se castiga con indiferencia?
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Mi esposo trabaja en la minería. Su rutina es dura, no lo niego: se levanta a las cinco de la mañana para irse al turno. Es un trayecto largo que incluye tres horas en avión y tres horas más por tierra para llegar a la faena. Pasa siete días allá arriba, trabajando duro, y luego regresa. En total, son diez días los que pasa fuera de casa.
Durante esos diez días, yo me quedo aquí alimentando una ilusión. Cuento las horas para su regreso. El día que llega, decido que no me va a ver derrotada. Me suelto el moño desarmado de la casa, me pinto los labios, me saco la ropa de vagabunda con la que mudo a mis padres y limpio el piso, y busco en el clóset la poca ropa decente que tengo. Porque esa es otra humillación silenciosa: ¡cómo cuesta encontrar ropa linda y digna cuando eres de talla grande! La sociedad te esconde [shopping]. Pero yo insisto, me arreglo, me perfumo y voy a buscarlo con entusiasmo, con el corazón latiéndome fuerte en el pecho, esperando que al verme baje la guardia. Espero un: “Te ves linda, te pintaste”.
¿Y qué escucho al saludarlo?
Silencio. Nada. Ni una palabra, ni un brillo en sus ojos, ni un reconocimiento al esfuerzo que hice por volver a ser la mujer que él conoció. Su mirada pasa de largo, como si ver el piso limpio, a sus padres atendidos y a su esposa arreglada fuera lo normal, una obligación que no merece un "gracias". Su silencio en el aeropuerto me duele más que cualquiera de sus gritos, porque me demuestra que para él, hace mucho tiempo, dejé de ser una persona. Me convertí en el paisaje de su descanso.