CAPÍTULO 8
El eco del teclado y el dilema de la jaula
A veces, para protegerme de mi propia fragilidad, me pongo una armadura de palabras. Miro a mi esposo a los ojos y le digo una verdad que tengo grabada a fuego: “Si algún día tú me engañas, yo solo pierdo un hombre, pero tú pierdes una familia. Podrás encontrar a miles de mujeres, mejores o peores que yo, pero ninguna de ellas va a ser yo”. En esos momentos de rabia acumulada, trato de convencerme de una frialdad que no tengo, y le suelto: “Tú me sirves para la cama y para que traigas dinero, porque todo lo demás en esta vida lo manejo yo”.
¿Estoy equivocada al pensar así? No lo sé. Dicen que no todos los hombres son iguales, pero yo no tengo más referencias. El miedo constante a la traición es una sombra que no me deja en paz. Y es que cuando ya pasaste por una infidelidad en el pasado —aunque no haya sido con tu marido—, el corazón queda astillado y la duda se instala para siempre. Cuando él trata de calmarme y me dice: “Mi amor, te amo mucho, yo no lo haría... ¿quién se fijaría en mí?”, yo me río de manera amarga. ¡Ja! Le digo. Hay mujeres que no miran el físico; solo miran tu billetera. “Portadocumentos, querrás decir”, me corrige él con ironía, “porque billetes no hay”.
Pero dejemos las bromas de lado y hablemos en serio, de mujer a mujer, en esta noche de insomnio. Abro el debate para las que están encerradas como yo, cargando con un peso enorme sobre la espalda:
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PANTALLA DE DEBATE ÍNTIMO: EL DILEMA DE LA TIENDA
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La pregunta oculta de la cuidadora: La respuesta de tu moral:
"Si estás atrapada en cuatro "No hago lo que no quiero que me
paredes, asfixiada y sola... y hagan. Juego limpio".
llega un hombre a sostenerte, a
darte una ilusión... ¿ustedes El grito de tu soledad:
caerían en la tentación?" "Solo necesito un amigo para salir
de la monotonía. Alguien con quien
hablar que no me pida pañales".
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Si soy sincera conmigo misma, mi moral nunca me dejaría dar ese paso. Tengo principios claros: no le hago a nadie lo que no quiero que me hagan a mí. No busco una aventura en la cama. Lo que verdaderamente necesito, lo que mi cordura suplica a gritos, es simplemente un amigo. Alguien con quien tomar un café, alguien con quien salir de esta monotonía asfixiante, un ser humano con quien hablar de libros, de la vida, de música, de cualquier cosa que no huela a pañales, a remedios de ancianos ni a deudas pendientes.
Pero miro a mi alrededor en la oscuridad de la habitación y la realidad me abofetea. No hay nadie. No hay amigas que tengan tiempo para visitarme, no hay llamadas, no hay un hombro donde recostarme. Solo queda el eco solitario de este teclado a las cuatro de la mañana, los ruidos incesantes de mi propia mente que no se apaga, y ese silencio denso, pesado y frío que siempre trae la noche. Estar rodeada de ocho personas en el día y terminar completamente sola en la madrugada es la paradoja más dolorosa de mi existencia.