Donde Quedo Yo

CAPÍTULO 9

CAPÍTULO 9

El espejo de mi hija y las deudas del pasado

Hay una frase que la gente repite a la ligera, pero que solo entiendes cuando te toca vivirla en carne viva: “Se puede estar completamente sola aunque estés rodeada de gente”. Qué verdad más grande. En mi casa habemos ocho personas. Ocho cuerpos que se mueven, que gritan, que demandan, que respiran el mismo aire. Y sin embargo, hay momentos en el día en que me siento en la más absoluta y profunda soledad.

Últimamente he pasado tiempo observando a mi hija mayor. Me cuenta con tanto entusiasmo sobre su relación; el niño, hasta el momento, se nota que es un buen niño, atento y detallista. En las noches, me quedo mirándola de reojo mientras hace manualidades para él, cantando bajito por los pasillos, evidentemente enamorada, leyendo los mensajes donde él le escribe que la ama. Y mientras la miro, una melancolía extraña me inunda el pecho. Pensaba entre mí: “Qué lindo debe ser vivir así, sin preocupaciones, dejándose querer”.

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PANTALLA DE REFLEXIÓN: EL ESPEJO DE LAS GENERACIONES

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La realidad de tu hija: Tu realidad en el pasado:

- Canta por los pasillos. - Silencios, roles impuestos.

- Amor detallista y mensajes. - Sin una relación de detalles.

- Vive el amor sin preocupaciones. - El peso de ser "buena mujer".

La gran pregunta del libro:

¿Será que cuando yo estaba ilusionada de joven, mi madre me miraba

desde la cocina cargando la misma soledad que yo cargo hoy?

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Yo nunca tuve una relación así de detallista. Nunca viví ese romance de cartas, de atenciones, de un hombre que se desviviera por hacerme sentir especial. Mi juventud se convirtió rápido en responsabilidad, en cumplir el manual de la buena esposa y de la cuidadora. Y verla a ella me hace viajar al pasado, a la época de mi propia juventud. Me pregunto con el corazón en la mano: cuando yo estaba ilusionada con alguien hace años, ¿mi madre pasaba exactamente por lo mismo que yo paso hoy? ¿Me miraba ella desde su propio encierro, con sus propios dolores callados, deseando en secreto que mi destino fuera diferente al suyo?

Hoy veo que las jóvenes tienen una confianza enorme con sus mamás para hablar de esos temas, de amor, de desilusiones, de lo que sienten en el cuerpo y en la mente. Me alegra por ellas, pero por dentro me duele, porque yo no tuve eso. Yo no tuve esa complicidad con mi madre. A mi generación la criaron para callar, para llevar los problemas por dentro y para no "molestar" a los adultos con los asuntos del corazón.

Abro este debate para ti, lectora, que quizás estás criando a una hija o que cuidas a una madre anciana: ¿Cómo rompemos esta cadena de silencios? ¿Cómo dejamos de ser las madres que sostienen todo pero de las que nadie sabe qué piensan cuando se apaga la luz? Miro a mi hija cantar y, en medio de mi soledad de ocho personas, rezo en silencio para que su manual de vida no esté roto como el mío, y para que ella nunca tenga que preguntarse, a las cuatro de la mañana, dónde quedó la persona que quería ser.




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