CAPÍTULO 10
El cuidado al revés y el abismo de los dos (
Hay una fantasía que repito en mi mente cada vez que entro a la ducha y dejo que el agua caliente se mezcle con mis lágrimas: cómo quisiera que, cuando esté completamente colapsada, alguien abriera la puerta, me mirara con compasión y me dijera: “Ya no más, mi amor. Sal de ahí, déjame cuidarte yo a ti”. Pero esa frase, al igual que tantas otras muestras de ternura, parece que solo aparece en las páginas de los libros que leo por las noches. En mi realidad, el derecho a estar enferma no existe.
Cuando me enfermo, me convierto automáticamente en una carga para los demás. Lo siento en el ambiente. El simple hecho de que me lleven un plato de comida a la cama lo percibo como una molestia; no veo que lo hacen con amor, veo que lo hacen por cumplir, por la pura obligación de que la máquina no se apague del todo. Y es una sensación tan desagradable, tan fría, que prefiero hacer tripas corazón. Aun sintiéndome morir, con fiebre o doblada por el dolor cuando llega mi periodo, me levanto de la cama y realizo mis tareas. Mudo, cocino, limpio. Porque el precio psicológico de quedarme acostada y ver las caras de molestia de mi entorno es mucho más alto que el dolor físico de mi cuerpo.
Con mi esposo ocurre el malentendido más doloroso de nuestro matrimonio. Cuando me ve colapsada o enferma, su forma de "cuidarme" es alejarse de mí para "no molestarme". Él se va a otra habitación, me deja en silencio y piensa que está haciendo lo correcto. No tiene la menor idea de que lo que yo quiero es exactamente lo contrario. No quiero distancia; quiero que me abrace, que me haga cariño, que me sostenga la mano y me diga al oído lo importante que soy para él y para esta familia. En vez de recibir esa contención, lo que veo es cómo se aleja cada día más. Siento que hay un vacío enorme, un abismo negro y silencioso que se ha ido instalando entre los dos. Nos hemos convertido en dos extraños que comparten una hipoteca, ocho bocas que alimentar y una rutina implacable. Ya ni siquiera recuerdo hace cuánto tiempo que no salimos solos los dos.
Sin embargo, hay un rincón donde ese abismo parece cerrarse por unos instantes: nuestra cama. En la intimidad, ambos somos muy activos. Nos gusta ser originales, inventar juegos, usar accesorios y disfrutar de esa complicidad única que se enciende bajo las sábanas. En esos minutos, mi mente finalmente se apaga. Me desconecto del mundo, disfruto y saboreo una tranquilidad y una paz que me son esquivas el resto del día. Quisiera congelar ese instante, quedarme a vivir en esa tregua.
Pero el desencanto es inmediato. Al terminar, volvemos a la realidad de golpe. Me quedo a su lado, abrazada a él, lo toco, lo huelo, siento su calor... y en medio de ese contacto físico, me invade un vacío devastador. Me siento sola, poco amada, poco valorada. Es una paradoja cruel: estar piel con piel con tu esposo y sentirte en la más absoluta orfandad. Siempre he tenido un miedo constante y terrible a la soledad, y resulta que la soledad es lo que más he experimentado en mi vida, precisamente dentro de mi propio matrimonio.
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PANTALLA DE REFLEXIÓN ESPIRITUAL: EL TRÁNSITO A LA TIERRA
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El refugio bajo las sábanas: El refugio en los cielos:
- Conexión física y juegos. - Orar y cantar en la iglesia.
- Desconexión temporal del dolor. - Sentir que Alguien te acompaña.
- El vacío regresa al terminar. - Una paz que no depende de la tierra.
La gran pregunta existencial:
¿Cuáles son los designios de Dios para hacerme vivir así?
Si Él tiene un propósito con mi soledad, ¿cuándo me lo dejará saber?
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¿Cuáles son los designios de Dios para hacerme vivir así? No lo sé. Como mujer creyente, me repito que Él tendrá su propósito y que algún día, cuando las aguas se calmen, lo sabré. Voy a la iglesia; no siempre como quisiera, porque el tiempo no me da, pero voy. Y es ahí, entre las paredes del templo, cuando oro o cuando canto los coros, el único momento donde siento que no estoy sola. En esos minutos benditos es cuando me siento verdaderamente acompañada, sostenida por una fuerza superior que no me pide pañales, deudas ni almuerzos. Es mi único oasis. Pero la reunión termina, los cantos se apagan y tengo que abrir los ojos para volver, una vez más, a pisar la tierra fría de mi realidad.