Donde renace la sombra (libro 2)

Capitulo 3

Noah:

Hay cosas que uno no olvida, aunque lo intente.

Rostros. Olores. La forma en que alguien mira a lo que quiere destruir… o a lo que quiere poseer.

Yo he mirado así.

Y por eso sé reconocer esa mirada.

Taylor no es solo un chico. No es solo un paseo por el bosque ni una conversación dulce con mi hija. Hay algo detrás de sus palabras, de su manera de moverse, de sus silencios estratégicos.

Lo sé porque yo fui así.

Y esa es la parte que más me jode.

No que él exista. Sino que me recuerde al hombre que alguna vez fui.

Desde hace semanas lo veo colarse en la vida de Liz como quien no quiere la cosa. Primero casual. Luego recurrente. Ahora, casi inevitable.

Y lo peor de todo… ella sonríe diferente.

Ya no como mi hija.

Sino como una joven que está comenzando a entregar su corazón sin saber qué tiene entre las manos.

Hoy esperé a que saliera.

Desde temprano ya sabía que lo haría. Últimamente se arregla más. Camina como si buscara ser vista, pero sin saber que lo está haciendo. Es sutil. Inocente. Dolorosamente honesta.

Como Claudia, cuando la conocí.

La seguí entre los árboles, como lo hice tantas veces en otro tiempo, cuando espiar era supervivencia.

Mis pasos eran aire.

Mis sombras, aliadas.

Los vi junto al arroyo. Él le ofrecía una flor silvestre, una de esas que crecen solo cerca de los sauces. Ella se rio. Tocó su brazo.

Mi sangre se tensó como un resorte oxidado.

No por celos.

Por memoria.

Me escondí entre el follaje y observé.

Taylor hablaba poco, pero cada palabra era medida, como un cuchillo que no corta, pero hiere. Sabía exactamente cómo mirarla. No con deseo bruto, sino con una delicadeza casi enferma. Con cálculo.

Ella no lo ve. ¿Cómo podría?

Cuando tienes 18 años y crees que el mundo es seguro, los monstruos no existen.

A veces, ni siquiera los que viven en tu propia casa.

Esa noche, no pude dormir. Claudia se dio cuenta.

—¿Te pasa algo? —preguntó mientras se cepillaba el cabello en la habitación.

—No —mentí.

Ella me miró por el espejo. Y en ese reflejo, vi algo que dolió más que la sospecha.

Vi miedo.

Ella ya había visto esa versión mía. La del silencio tenso, la mirada que escanea, el cuerpo en alerta.

Sabía lo que venía.

Sabía que el Noah de antes estaba despertando.

Bajé al sótano.

No encendí la luz enseguida.

Ese lugar huele a pasado.

A cuero viejo, a metal, a secretos que juré enterrar cuando nació Liz.

Pero las promesas no sirven cuando se trata de proteger a los que amas.

Encendí el monitor. El pitido fue como un disparo seco en la memoria.

Contraseña.

Vieja rutina.

Las bases de datos estaban oxidadas pero vivas.

Teclé:

Taylor.

Demasiado común.

Taylor + zona este.

Nada útil.

Taylor + Kane.

Y ahí fue.

Alexander Kane.

Una cicatriz con nombre.

Un fantasma con rostro.

Exsocio en otros tiempos. Ex enemigo durante los años más violentos.

Un hombre que juró vengarse.

Un hombre que me conoce mejor que muchos de mis muertos.

Y debajo, como una sombra extendida…

Taylor Kane.

Mi mandíbula se tensó.

Fotos de archivo. Escolta privada. Estudios en el extranjero. Comportamiento “ejemplar”, según los registros.

Pero esa perfección tenía grietas.

Un incidente en una escuela de Milán. Una expulsión no explicada.

Una “reubicación estratégica” justo un año antes de aparecer en este pueblo.

¿Casualidad?

No existen las casualidades para gente como Alexander.

Ni para mí.

Cerré el archivo. Me quedé mirando la pantalla apagada.

En la penumbra, podía oír los ecos del Noah que fui.

No por nostalgia.

Sino por rabia.

Porque alguien está tocando lo que más amo.

Subí las escaleras. Claudia me esperaba en el pasillo, con los brazos cruzados y los ojos húmedos.

—¿Volviste a abrirlo? —susurró.

No respondí.

—Noah, por favor... no te conviertas en él otra vez.

—No tengo opción.

—Sí la tienes. Siempre la tuviste.

—Claudia —la interrumpí, suave pero firme—. Es hijo de Kane.

Su rostro palideció.

—¿Estás seguro?

Asentí.

Fue suficiente para verla quebrarse un poco.

—¿Liz lo sabe?

—No. Y no debe saberlo… aún.

Silencio. Luego ella dijo algo que no esperaba.

—Entonces protégela… pero no la encierres.

No cometas conmigo el mismo error dos veces.

Me quedé quieto.

Porque tenía razón.

Porque me conocía.

Y porque lo que estaba a punto de despertar… no era un padre.

Era un animal viejo. Uno que huele la amenaza antes de que se pronuncie.

Y si Taylor Kane vino por venganza, entonces va a descubrir que yo también sé jugar a ese juego.

Y esta vez… no pienso perder.




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