Donde renace la sombra (libro 2)

Capitulo 4

Liz:

Últimamente me siento en una especie de niebla.

No es del todo mala. Es… suave, como si algo me envolviera con calma, y al mismo tiempo me arrastrara. No me doy cuenta de cuánto me alejo hasta que miro hacia atrás y veo lo lejos que estoy.

Taylor es parte de eso.

Cada vez que lo veo, me olvido un poco de mí. Del bosque, del taller, incluso de mamá. Él habla como si supiera más de lo que dice. Me escucha con una atención tan perfecta que, a veces, me cuesta recordar si alguien más me ha escuchado así antes.

Hoy fuimos más lejos que nunca.

Cruzamos el arroyo y seguimos por un sendero que no conocía. Taylor dijo que había un claro escondido, uno que su padre le mostró cuando era pequeño. Me pareció extraño… pero me dejé llevar.

Nos sentamos en un tronco caído y él me tomó la mano.

—¿Alguna vez te has sentido… atrapada en tu propia casa? —preguntó de repente.

—¿Qué? No… ¿por qué lo dices?

Se encogió de hombros, mirando al cielo.

—A veces siento que tu papá no te deja crecer. Como si aún te viera como una niña.

No supe qué responder. Me quedé en silencio, con su mano tibia sobre la mía. Parte de mí quería defender a papá, pero otra parte… entendía lo que decía.

Papá está raro últimamente. Callado. Tenso. Se queda mirándome como si no me reconociera. A veces me sigue con la mirada hasta cuando voy al baño. Y el otro día, juro que escuché sus pasos en el bosque… como si me hubiera seguido.

—No lo hace por mal —murmuré, más para mí que para Taylor—. Solo… es protector.

Él bajó la mirada.

—¿Protectores? ¿O controladores?

La pregunta quedó flotando. Como humo. Como duda.

Esa noche no volví a casa a la hora que dije.

Taylor insistió en acompañarme, pero nos quedamos en el claro más tiempo del que debía. Me habló de cosas que nunca había considerado: que uno debe cuestionar a los padres, que el pasado no siempre es como nos lo cuentan, que la familia puede ser una jaula disfrazada de refugio.

Me sentí confundida. Pero también viva.

Cuando llegué a casa, papá estaba esperándome en la entrada. De pie. Quieto. Como una estatua tallada en sombras.

—¿Dónde estabas? —preguntó sin levantar la voz.

—Paseando —respondí, evitando su mirada.

—No mientas.

Me congelé.

—Solo salí con un amigo. ¿Qué pasa?

Papá no dijo nada más. Se limitó a dar un paso al costado y abrir la puerta para que entrara. Pero su silencio dolía más que cualquier grito.

Esa noche escuché cómo discutía con mamá en la cocina. No entendí todo, pero sí escuché mi nombre… y el de Taylor. Mamá hablaba bajo. Papá no.

Más tarde, mientras me duchaba, vi que alguien había estado en mi habitación.

El cuaderno donde anoto lo que hablo con Taylor estaba fuera de lugar. Apenas lo noté, se me revolvió el estómago.

¿Papá lo leyó?

Al día siguiente, cuando le conté a Taylor, me tomó del brazo con más fuerza de la necesaria.

—Te dije que era controlador. Ya no eres una niña, Liz. Tienes derecho a pensar por ti misma.

—Lo sé…

—¿Lo sabes? Porque no lo parece.

Me dolió su tono. Pero también me dolió que tuviera razón.

Desde ese día, comencé a guardarme más cosas. A no contar todo. A tener secretos. Pequeños, sí… pero secretos.

Taylor me empezó a escribir mensajes más seguido. A decirme que le gustaba que solo habláramos los dos. Que había cosas que nadie más debía entender.

Y aunque parte de mí sentía algo raro… también me gustaba cómo me hacía sentir.

Elegida. Vista.

Importante.

Y sin saberlo, sin quererlo, empecé a alejarme.

No físicamente.

Emocionalmente.

Primero de mamá. Luego de papá.

Y en lo más profundo… de mí.




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