Donde renace la sombra (libro 2)

Capitulo 5

Claudia:

Hay noches en las que el silencio pesa más que cualquier palabra.

La casa está en calma. Se escucha el viento entre los árboles, los grillos allá afuera. Pero dentro de mí, hay ruido. Un zumbido que no se apaga. Un presagio.

Liz está rara. Distante. Y Noah...

Noah está volviendo a ser el hombre que me enamoró… y el mismo que casi me destruyó.

Hoy lo vi otra vez con esa mirada: fría, estratégica, obsesiva. La misma que tenía cuando nos conocimos, aquella tarde de lluvia, cuando entré a esa cafetería deseando desaparecer del mundo. Él me ofreció café, sonrisa incluida. Y sin que me diera cuenta, me envolvió. No fue amor a primera vista. Fue otra cosa. Una especie de trampa disfrazada de refugio.

Él me cuidó… sí.

Pero también me aisló.

Me moldeó.

Me transformó en algo que no era.

Y ahora… lo veo haciendo lo mismo, solo que desde otro ángulo. Ya no soy yo la que está cayendo. Es nuestra hija.

Esta noche no pude evitarlo. Me encerré en la habitación y me senté en el suelo, junto al armario.

Lloré.

No como víctima. No como madre.

Lloré como alguien que ve repetirse la historia, pero ya no tiene fuerza para detenerla.

El rechinar leve de la puerta me hizo levantar la vista.

Noah estaba ahí. De pie, en la penumbra, con los ojos clavados en mí como si no supiera por qué estaba llorando.

—Clau… —dijo, apenas un susurro—. ¿Qué pasa?

No respondí al principio. Me limpié las lágrimas con la manga, torpemente.

—No me mires así —le dije.

—¿Así cómo?

—Como si no entendieras lo que estás haciendo. Como si no recordaras quién fuiste.

Se quedó en silencio. Dio un paso. Luego otro. Se sentó en la cama, frente a mí, pero sin tocarme.

—No estoy haciendo nada que no deba —murmuró—. Solo quiero protegerla.

—Así empezaste conmigo.

Me miró. No desvió la mirada.

Pero yo sí.

—¿Sabes cuál fue el primer día que me di cuenta de que algo no estaba bien contigo? —le pregunté—. Fue el día que me dijiste que no necesitaba ver a nadie más. Que tú eras suficiente.

Él bajó la mirada. Por fin.

—Y tú lo creíste —susurró.

—Estaba rota, Noah. Casi vacía. Y tú llenaste ese espacio, sí… pero lo llenaste con control, con miedo, con dependencia. Me hiciste sentir que no podía existir sin ti. Y cuando por fin me di cuenta… ya estaba muy dentro.

El silencio se alargó. La habitación parecía más pequeña. Como si también ella supiera que lo que venía a continuación sería difícil de decir.

—Estoy viendo a nuestra hija perderse, Noah.

Y tú estás volviendo a ser el hombre del que me escapé, incluso después de quedarme contigo.

Él se levantó, caminó hacia la ventana. Se apoyó en el marco. La luz de la luna le dibujaba los contornos como si lo desnudara sin tocarlo.

—No es lo mismo —dijo, casi sin voz—. Con Liz es distinto. Ese chico no es lo que dice ser. Yo lo sé.

—¿Y qué vas a hacer? ¿Seguirla? ¿Vigilarla? ¿Aislarla? ¿Volverte ese Noah otra vez?

Él apretó los puños.

—Prefiero que me odie… a que la usen como una pieza para llegar a mí.

Sentí un escalofrío.

Ahí estaba.

La sombra.

La misma que vi la primera vez que lo vi golpear a un hombre solo por hablarme en un bar.

La misma que vi cuando le pidió a su gente que me siguiera “por mi seguridad”.

La misma que ahora está despertando… por amor. O por miedo. ¿Hay diferencia?

Me acerqué a él. Le tomé la mano. La suya temblaba apenas.

—Si vuelves a ser ese hombre… te vas a perder, Noah.

Y esta vez, podrías perderla a ella también.

Me miró, pero no respondió.

Solo dejó caer la frente sobre mi hombro, como si ya no pudiera con el peso.

Nos quedamos así. En silencio.

Y aunque ninguno lo dijo en voz alta…

Ambos sabíamos que el peligro ya estaba adentro.




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