Donde renace la sombra (libro 2)

Capitulo 6

Liz:

No sé en qué momento exacto dejé de contarle todo a mamá.

Tal vez fue hace unas semanas, cuando me preguntó por tercera vez si seguía viendo a Taylor. O cuando me sugirió que “no me dejara llevar por emociones nuevas”. Lo dijo con voz suave, casi dulce… pero me dolió. No porque estuviera malintencionada, sino porque sentí que no me conocía.

Y papá... papá ya no pregunta. Espía.

Ayer lo vi junto al ventanal, quieto, con los ojos perdidos en el bosque. Sosteniendo una taza que ya se le había enfriado. Cuando notó que lo miraba, fingió una sonrisa, pero en sus ojos había otra cosa: sospecha.

Estoy rodeada, pero más sola que nunca.

Excepto cuando estoy con Taylor.

Él me hace sentir... importante. Como si cada parte de mí fuera digna de atención. Como si no tuviera que esconder lo que pienso o lo que siento. Como si él fuera el único que realmente me ve.

Hoy me llevó a su casa.

No estaba su padre —o eso dijo—. Era una cabaña antigua, mucho más descuidada que la nuestra. Había polvo en los rincones y un par de cajas cerradas con candado en una de las habitaciones. Me preguntó si quería ver su habitación y, cuando subimos, me di cuenta de lo poco que sabía de él.

Su espacio era… vacío. No tenía fotos. No tenía recuerdos. Solo una cama perfectamente tendida, una silla frente a una ventana y una pila de libros sobre historia, filosofía y política.

—¿No tienes cosas tuyas? —le pregunté.

—No necesito mucho. Solo lo esencial.

—¿Y tus recuerdos?

Él me miró con una media sonrisa.

—Algunos recuerdos es mejor no tenerlos cerca.

La forma en que lo dijo me dejó helada. Quise cambiar el tema, pero entonces se me acercó, se sentó a mi lado en la cama, y me tomó la mano con suavidad.

—¿Te puedo decir algo? —susurró.

Asentí, sin poder hablar.

—No me gusta cómo te miran tus padres. Te tratan como si todavía tuvieras quince. Como si no fueras capaz de decidir por ti misma.

—No es así… solo se preocupan —intenté defenderlos, pero la voz me salió débil.

—Se preocupan porque no confían. Es diferente.

Me besó justo después de decirlo. Y por un momento, todo lo demás se desvaneció. El juicio. Las dudas. La incomodidad de esa casa. La sensación de vacío. Todo se volvió calor y cercanía.

Pero cuando abrí los ojos, lo vi mirándome con algo distinto. Como si hubiera ganado una pequeña batalla.

Volvimos a vernos tres veces más esa semana. Cada vez me alejaba más de casa sin darme cuenta. Decía que iba a caminar, pero no llegaba al bosque. Iba a él.

Me decía cosas como:

“No necesitas contarle todo a tus padres”.

“No lo entenderían”.

“No es su vida, es la tuya”.

Y yo, sin saber por qué, le creía.

Una tarde, al regresar, mamá me esperaba en la cocina con una carta en la mano. No me la mostró, pero me habló con voz temblorosa:

—Liz, si algo te molesta, si necesitas hablar, aquí estoy. No tienes que esconder nada.

La miré… y no supe qué decir.

Porque lo que me molestaba no era Taylor.

Eran ellos.

Eran sus miradas, sus preguntas, su desconfianza.

Taylor tenía razón.

Nadie más me entendía como él.

Esa noche, mientras me acostaba, recibí un mensaje suyo:

“Prométeme algo. Que pase lo que pase… confíes en mí. No importa lo que te digan. ¿Sí?”

Tardé un minuto antes de responder.

Y cuando lo hice, algo dentro de mí se rompió en silencio:

“Sí. Solo en ti.”




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.