Donde renace la sombra (libro 2)

Capitulo 7

Liz:

Nunca pensé que el amor pudiera dar miedo. O que el miedo pudiera parecerse tanto al amor. Al principio era sutil.

Un comentario. Una mirada. Un silencio más largo de lo normal.

Como esa vez que le mencioné que un chico de la librería me había recomendado un libro.

Taylor sonrió, pero su mandíbula se tensó.

—¿Y por qué él? ¿Hablas mucho con él? —preguntó.

—Solo fue una recomendación, Tay… —respondí, riendo.

—Claro. Es que a veces se te olvida lo bonita que eres. Y lo tonta que pueden ser otras personas.

Lo dijo con voz suave. Pero sus ojos no reían.

Pensé que era un mal momento. Todos los tenemos.

Así que lo dejé pasar.

La segunda vez fue peor.

Me había tardado unos minutos en responderle un mensaje. Dieciséis, para ser exacta. Estaba ayudando a papá en el taller. Cuando por fin tomé el teléfono, tenía tres mensajes suyos y una llamada perdida.

“¿Estás bien?”

“¿Con quién estás?”

“¿Por qué no me contestas?”

Y entonces, uno más:

“No me gusta que me hagas esto, Liz. Me haces pensar cosas.”

Me apresuré a llamarlo. Cuando contestó, su voz sonaba herida. Pero debajo, había algo más.

—¿Qué cosas? —le pregunté.

—Cosas que me hacen daño. Que no quiero sentir. Que me recuerdan lo solo que estoy cuando no estás.

Me quedé en silencio.

No sabía qué decir.

Y él, como si supiera que había ido demasiado lejos, cambió por completo.

—Perdón —susurró—. Es que te quiero tanto. Me asusta perderte.

Esa frase me tocó.

No porque fuera romántica… sino porque tenía un peso.

Uno que me hacía sentir responsable de su tristeza.

Empecé a cambiar mis rutinas. A contestar más rápido. A mentir en casa.

Le decía a mamá que iba a caminar al lago. Pero en realidad, estaba con él en su cabaña, acurrucada mientras él hablaba de su odio al mundo, de lo que la gente le había hecho, de lo difícil que era confiar en alguien.

Y luego me miraba, como si yo fuera su única salvación.

—Tú no eres como ellos. Tú eres lo único real que tengo.

Yo asentía. Le creía. O quería creerle.

Aunque había momentos en los que me daba miedo.

Como aquella tarde en la que vio mi celular, y notó que papá me había escrito tres veces.

—¿Por qué te busca tanto? —preguntó.

—Es mi papá, Tay.

—Sí, pero parece que no puede respirar sin saber dónde estás. ¿Siempre fue así? ¿Siempre tan... controlador?

La ironía me dolió, pero me la guardé.

Y entonces él hizo algo que no esperaba:

Tomó mi celular y lo arrojó al suelo.

No se rompió, pero el estruendo fue suficiente para que mi pecho se apretara.

—Lo siento —dijo de inmediato, alzando las manos—. Fue un impulso. A veces... me desbordan las emociones. Pero nunca te haría daño, ¿lo sabes, ¿verdad?

Yo no respondí.

Esa noche me pidió que me quedara a dormir.

No lo hice.

Pero no porque no quisiera… sino porque empecé a temer que, si lo hacía, ya no sabría cómo salir de ahí.

En casa todo estaba peor.

Papá me observaba con una mezcla de decepción y rabia.

Mamá se esforzaba en hablarme, pero yo la evitaba.

Solo Taylor me entendía.

Solo él parecía luchar por mí.

Pero lo que no quería admitir, ni siquiera ante mí misma, era que ya no sabía si lo que vivía con él era amor… o dependencia.

A veces me hablaba con dulzura.

Otras, me ignoraba por horas.

Y luego me pedía perdón, me decía que era “el caos en su cabeza”, que solo necesitaba tiempo, que yo era lo único que le daba paz.

Una tarde me abrazó fuerte, tan fuerte que dolía.

—No me falles, Liz. Si tú también me traicionas… no sé qué haría.

No sabría quién soy sin ti.

Y ahí lo supe. Él no estaba bien. Y yo… tampoco.

Pero ya era demasiado tarde para retroceder.

Ya no era solo una historia de amor.

Era una trampa que yo misma había ayudado a construir.

Y el bosque, que antes era mi escape, ahora era el lugar donde me perdía cada vez más.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.