Noah:
El apellido Kane me quemó en los dientes desde que lo confirmé.
Taylor Kane.
Hijo de Alexander.
El mismo Alexander que juró hacerme pagar.
Y ahora… lo está intentando con la misma precisión con la que yo solía cazar a mis enemigos. Solo que esta vez, el objetivo no soy yo.
Es ella.
Mi hija.
No sabía que el miedo podía sentirse así.
Así de físico. Así de animal.
Hace tres noches, Claudia no podía dormir.
Cuando entré al cuarto, la encontré sentada en el borde de la cama, con la cara entre las manos.
Lloraba en silencio, como solía hacerlo antes… cuando aún no confiaba en mí.
Cuando yo era el enemigo y el protector a la vez.
—¿Estás recordando? —pregunté.
Ella asintió sin levantar la vista.
—Noah… ¿y si esto es nuestra culpa?
—Lo es —dije sin suavizar la verdad—. Nunca le contamos quién fui. Nunca le dijimos que hay hombres que no conocen límites. Nunca le advertimos que no todos los que dicen “te amo” lo sienten de verdad.
—Pero yo pensé que tú habías cambiado…
—Cambié. Pero mi nombre nunca lo hizo. Y Alexander Kane nunca olvida.
Claudia me miró entonces, con una mezcla de amor, culpa y terror.
—Él la está aislando —dijo—. Como tú me aislaste una vez.
Sus palabras me clavaron en el pecho.
No respondí. No podía.
Porque tenía razón.
Yo sé cómo funcionan los hombres como Kane… porque fui uno de ellos.
Taylor está repitiendo mis pasos, como si hubiese estudiado mi pasado con lupa: la seducción, la dependencia, el aislamiento emocional, la culpa disfrazada de amor.
Solo que esta vez… el objetivo no es una mujer sin rumbo.
Es mi hija.
Y no pienso permitirlo.
Hoy seguí a Taylor.
Salió del bosque al mediodía, con la ropa impecable y ese aire de lobo con piel de cordero. Se movía como si no debiera nada a nadie. Como si el mundo le perteneciera.
Lo vi entrar en un viejo cobertizo detrás de la carretera. Un sitio que nadie usa, abandonado desde hace años.
Esperé. No me vio.
Media hora después salió.
Con un maletín.
Tomé fotos. Grabé el auto. Anoté la matrícula.
Más tarde, cuando Liz llegó a casa, traía otra manga larga. Y el alma deshecha, aunque sonriera.
—¿Cómo te fue? —pregunté.
—Bien.
La misma mentira de siempre.
Me acerqué. La abracé.
Ella se tensó, como si su cuerpo no supiera si confiar en mí.
—Liz… si alguna vez alguien te hace sentir pequeña, asustada o sola… prométeme que me lo dirás.
Su rostro se quebró por un segundo. Apenas un parpadeo.
Y luego volvió a su máscara.
—Estoy bien, papá.
Mentira.
Y entonces supe que estaba atrapada.
No por cadenas. Sino por un amor torcido.
Como el que alguna vez tuve con Claudia.
Solo que yo escapé de esa parte de mí.
Taylor aún no lo ha hecho.
Y no lo hará.
No mientras tenga a Kane detrás, manejando los hilos.
Esta noche, después de que Liz se fue a dormir, me senté frente a Claudia.
Le mostré las fotos.
Le conté lo que vi.
—Voy a buscarlo. Voy a hablar con él.
—¿Hablar? —preguntó ella, incrédula.
—Sí. Una vez. Solo una. Para dejarle claro que lo sé todo. Y que, si no desaparece, yo volveré a ser quien fui.
—Noah… no puedes…
—No tengo opción.
Me acerqué a ella, tomé sus manos. Las suyas temblaban.
—No voy a perderla, Claudia. No después de todo lo que nos costó tener esta paz. No después de todo lo que sufrimos tú y yo. Si tengo que volver a mancharme las manos… lo haré.
Ella cerró los ojos.
Y no me pidió que no lo hiciera.
Porque sabía que ya era demasiado tarde para detenerme.
Kane nos encontró.
Pero esta vez, no seré yo el que pierda.
Editado: 02.01.2026