Noah:
Cuando decides volver a ser un monstruo, lo primero que muere es el silencio interior.
Esa voz que te decía “ya no eres así” se ahoga bajo el peso de la furia.
Y en su lugar, surge otra más antigua. Más honesta.
Hazlo rápido. Hazlo limpio. Hazlo antes de que te quiten lo único que importa.
Taylor cometió dos errores.
Primero: tocar lo que es mío.
Segundo: pensar que yo lo dejaría vivo después de hacerlo.
Lo seguí otra vez. Solo. Sin avisar a Claudia.
Ya había cruzado una línea y no pensaba arrastrarla conmigo.
Esta vez no se dirigía al bosque.
Conducía al otro lado del pueblo, una zona abandonada por el paso del tiempo.
Un galpón viejo, en ruinas.
No necesitaba ser un genio para saber que Alexander había montado su nido allí.
Estacioné mi camioneta a unas tres cuadras. Caminé el resto.
Entré sin hacer ruido.
Había dos guardias en la entrada trasera.
Los despaché sin balas.
Uno con una navaja en la garganta.
El otro con un ladrillo en la sien.
Los dejé vivos… apenas.
Quería que corriera el rumor: Noah está despierto. Y no vino a negociar.
Dentro, el aire apestaba a aceite, sudor y mentira.
Las luces colgaban, sucias.
Y entonces lo vi. A Taylor.
Estaba con dos hombres más. Reían. En confianza.
Me acerqué sin anunciarme.
Y cuando uno de ellos se giró, le disparé en la rodilla.
El otro intentó sacar un arma. Le metí una bala en la garganta.
Taylor retrocedió, como si no me hubiera esperado.
Pero lo sabía. En el fondo, siempre supo que este día llegaría.
—Hola, muchacho —le dije, con la voz seca—. ¿Te sorprende verme?
—Noah…
—No me llames así —espeté—. Llama a tu padre. Dile que ya no estoy retirado.
Taylor tembló. No hablaba.
Lo tomé por el cuello y lo estrellé contra la pared.
—La tocas otra vez, y te entierro con tus propias manos. ¿Me oyes?
—¡Yo… yo no quería…!
—¡Cállate! —bramé—. ¿Crees que no sé lo que haces? ¿Crees que no sé qué la estás aislando, marcando, controlando? ¿Crees que puedes repetir mi historia sin pagar el precio?
Taylor gimió.
Entonces se abrió una puerta. Y apareció él.
Alexander Kane.
Más viejo. Más flaco. Pero los ojos…
Los ojos seguían siendo los de un serpiente.
—Noah —dijo, como si estuviéramos en una maldita reunión de negocios—. Tanto tiempo.
—No lo suficiente —dije, apuntándole con el arma—. ¿Esto era todo tu plan? ¿Enviar a tu hijo como carnada? ¿Como espía?
—Mi hijo no hizo nada que tú no hicieras con Claudia.
Y ahí estaba. El golpe bajo. El dardo envenenado.
Respiré hondo. No le disparé aún.
—Tienes diez segundos para decirme por qué no debería volarte la cabeza aquí mismo.
—Porque si lo haces… ella muere.
Me congelé.
—¿Qué dijiste?
Alexander sonrió. Frío. Calmo.
—No soy estúpido, Noah. No vine a esta guerra sin un seguro. Claudia… ha estado vigilada. Desde hace días. Mis hombres están a un solo mensaje de hacerla desaparecer.
No dudaba de sus palabras.
No conociéndolo.
Y entonces, el monstruo en mí sonrió.
—Te equivocas —le dije—. No estás en una posición de poder. Tú no tienes a Claudia. Aún.
Solté el arma, solo por un instante.
Luego arrojé una granada de aturdimiento que llevaba en el cinto.
La habitación se llenó de luz y ruido.
Los cuerpos cayeron.
Yo me lancé sobre Alexander y lo golpeé hasta que mi puño sangró.
Taylor gritó algo, pero no lo escuché.
Estaba perdido.
Volviendo a ser quien era.
La escena fue rápida y brutal.
En menos de cinco minutos, dos hombres murieron, uno escapó herido, y Alexander Kane quedó colgado de las muñecas, atado con una cadena oxidada.
Taylor… estaba en el suelo, respirando con dificultad.
Me acerqué al padre.
—Tú empezaste esto. Pero yo voy a terminarlo.
—Noah… —susurró—. Vas a volver a perderlo todo.
—No esta vez.
Y con una precisión que aún recuerdo como si nunca la hubiese olvidado, le quebré dos dedos. Luego uno más. Luego lo dejé gritar.
Porque necesitaba que recordara.
Porque necesitaba que sintiera lo que era tocar a mi familia.
Salí del galpón. Dejé el cuerpo vivo. Apenas.
Taylor… aún jadeaba. Me miraba con ojos derrotados.
Pero dentro de él, había algo más. Algo que no era mentira.
Dolor. Culpa.
Y quizás, solo quizás… amor.
—Si realmente la amas, aléjate de ella —le dije, sin gritar esta vez—. Porque si no lo haces, no seré tan amable la próxima vez.
Y me fui.
Porque aún no era tiempo de matar a Taylor.
Pero el reloj estaba corriendo.
Editado: 02.01.2026