Donde renace la sombra (libro 2)

Capitulo 12

Taylor:

Todo esto tenía que ser sencillo. Esa fue la primera mentira que me conté. Ella era solo un objetivo. Otra puerta que debía abrir. Otro nombre en la lista de mi padre. Liz. La hija de Noah.

La última pieza en su tablero.

La primera vez que la vi —realmente la vi— supe que estaba jodido. No por su rostro. No por su voz. Sino por la forma en que me miró… como si no supiera quién era yo. Como si no hubiera sangre en mis manos. Como si pudiera ser alguien mejor.

Como si aún tuviera redención.

Y ahora estoy aquí, de pie, en el viejo sótano de mi padre. El mismo lugar donde aprendí a mentir, a quebrar, a cortar, a no temblar. Aquí donde la empatía era corregida con golpes, donde las dudas se apagaban con fuego.

Hoy volví a temblar.

—Te estás distrayendo —escupió mi padre, sin siquiera mirarme—. Tu trabajo era claro. Noah destrozó todo lo que fuimos. Liz es el arma perfecta para devolverle el dolor. Pero tú… te estás enamorando. ¿Crees que no lo veo?

No respondí.

El tipo atado a la silla frente a mí apenas respiraba. No era nadie importante, solo un soplón que mencionó el nombre de Noah en el callejón equivocado. Pero lo usé como excusa para descargar todo lo que no podía decir. Y, aun así, no me sentí mejor.

—Ella no sabe nada —murmuré finalmente, limpiándome la sangre de los nudillos—. Puedo seguir. Aún puedo hacer lo que me pediste.

—¿Y qué vas a hacer cuando descubra quién eres, Taylor? —dijo mi padre con voz de tumba—. ¿Cuándo vea que fuiste el lobo todo el tiempo? ¿Crees que su mirada va a seguir siendo la misma?

Apreté los dientes. Me ardía el pecho.

—Tal vez no —reconocí—. Pero prefiero su odio a verla en tus manos.

No lo vi venir. El golpe fue seco, directo al rostro. Caí hacia atrás, pero no lloré. No gemí. Solo respiré hondo, mordiéndome la lengua, sintiendo el sabor metálico de la sangre mezclarse con la culpa.

—No olvides quién te hizo —susurró mi padre, agachándose a mi lado—. Yo tallé cada parte de ti. Lo que sientes por esa chica es una infección. Un desvío. Y las debilidades se eliminan, hijo. No se alimentan.

Me incorporé, despacio. El rostro ardiéndome. El corazón también.

—Mi madre también fue tu “debilidad”, ¿no?

Él no dijo nada.

—La empujaste hasta que se rompió. Hasta que dejó de reconocerse en el espejo. ¿Y sabes qué es lo peor? Que lo hiciste creyendo que era amor.

Silencio. Luego, una risa seca.

—Tu madre no era fuerte —dijo con indiferencia—. Tú sí lo eres. Aún puedes elegir.

—Ya elegí —le dije. Me temblaban las manos, pero no me importó—. Si vuelves a acercarte a Liz, si siquiera la nombras, te juro que no solo voy a alejarme de ti. Voy a destruirte.

Él me observó con esa calma que siempre ha sido peor que la furia. Me sonrió como si aún tuviera el control.

—Eres mío, Taylor. Tuyo no hay nada. Ni siquiera tus sentimientos.

Y por primera vez en años… sentí miedo.

No por mí. Por ella.

Porque sabía lo que venía. Y esta vez, no iba a esperar a que el infierno llegara.

Esta vez, iba a romper la cadena antes de que la arrastrara con nosotros.




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