Noah:
No es la furia lo que me despierta. Es la claridad.
Despierto antes del amanecer. No hay sueño en mí. Solo silencio… y el instinto encendido como una alarma interna.
Liz duerme en la habitación contigua. Claudia también. Las escucho respirar desde aquí. Dos ritmos distintos, pero iguales de frágiles. Dos vidas que amo más de lo que sé explicar.
Dos razones por las que ya no puedo seguir siendo el hombre que había elegido ser.
Porque ese hombre… no basta.
Taylor es más que una amenaza. Es una grieta. Un lobo disfrazado de cordero, entrenado por un monstruo al que creí enterrado.
Alexander Kane.
El nombre aún sabe a pólvora.
Me levanto. En silencio. No necesito luz. Mis manos recuerdan cada rincón de esta casa, aunque no he estado aquí en más de una década.
Mis dedos activan el panel oculto detrás de la vieja estantería. Un código que nadie más conoce. Ni siquiera Claudia.
La habitación de operaciones se enciende.
Monitores. Cámaras. Planos. Códigos.
Todo lo que era… todo lo que fui… sigue aquí. Dormido, pero intacto.
—Hola, viejo amigo —murmuro, encendiendo la red de vigilancia—. Pensaste que no volvería, ¿verdad?
Las cámaras de la ciudad se activan una por una. Intercepto señales. Accedo a las grabaciones de tráfico, de comercios, de accesos restringidos. El sistema aún responde a mi código maestro.
Claro que sí.
Nunca lo borraron. Porque sabían que algún día… volvería.
Mis contactos siguen ahí. Dormidos como cuchillas oxidadas. Algunos me deben favores. Otros me deben miedo. En la oscuridad, el nombre de Noah aún causa algo.
Temor. Respeto. Precaución.
Marco el primer número. Tarda diez segundos en responder.
—…Noah.
—Sí.
Silencio.
—No pensé que volverías a marcar.
—No pensaste que tocarían a mi hija.
Una risa ahogada.
—¿Qué necesitas?
—Ubicación actual de Alexander Kane. Y quiero acceso a cualquier red que Taylor haya usado los últimos seis meses. Nombres. Finanzas. Sitios. Todo.
—Te va a costar.
—Tu vida, si no lo haces.
Y cuelgo. No hay negociaciones cuando el lobo vuelve a morder.
Horas más tarde, los datos empiezan a fluir. Me inundo con información. Cruzo nombres, direcciones, patrones de movimiento. Taylor ha sido más cuidadoso de lo que esperaba.
Pero yo soy mejor.
En las grabaciones, lo veo.
Taylor. Con Liz. En un parque. Luego en una librería. Luego caminando de noche.
Ella sonríe. Él también. Pero en sus ojos… en sus gestos…
No está enamorado. Está trabajando. Manipulándola. Aislándola.
Y yo permití que ocurriera justo bajo mi techo.
Mi estómago se revuelve. No de culpa. No ahora. Sino de rabia. Rabia fría. Controlada.
La clase de furia que construye imperios… o los arrasa.
Me apoyo sobre el escritorio. Siento el viejo Noah regresar. No como un recuerdo. Sino como un instinto.
La mente que diseñaba laberintos.
El corazón que no dudaba.
El hombre que hizo que otros desaparecieran con una sola llamada.
No por maldad. Por control. Por orden. Y ahora… por familia.
No necesito que Claudia entienda esto. Ni que Liz lo perdone.
Solo necesito que estén vivas cuando esto termine.
Activo el canal seguro. Contacto con los antiguos. Uno a uno. Algunos muertos. Otros retirados.
Pero unos pocos… aún leales.
Los nombres se alinean como piezas de ajedrez.
Y yo soy el rey que vuelve a moverse.
Alexander Kane cometió un error.
Despertó a un fantasma que había enterrado. Pero, no estoy muerto. Estoy despierto.
Y esta vez… no habrá tregua
Editado: 02.01.2026