Donde renace la sombra (libro 2)

Capitulo 14

Taylor:

La lluvia golpea el techo de la cabaña como un reloj que no perdona.

Liz está en el rincón, temblando. Atada, pero no con sogas. No físicamente. No haría eso. No puedo.

Aunque, en parte, ya lo hice.

Porque no importa si tiene libertad en sus muñecas, si la he encerrado en un lugar donde nadie la encontrará.

—No estás prisionera —le dije cuando cerré la puerta—. Solo estás a salvo.

Pero ni yo creo mis palabras.

La observo desde la cocina. Su silueta contra la luz tenue parece más frágil que antes. Como si toda esa fuerza con la que solía enfrentarme se hubiera agrietado.

No me mira. A veces tiembla. A veces respira como si no supiera cómo hacerlo.

—Te traje ropa seca —le digo, dejando una toalla doblada sobre la mesa—. Hay té caliente. Nadie va a hacerte daño aquí, Liz.

Y otra vez… la mentira se enreda en mi lengua.

Porque el daño ya lo hice.

Y aún no sé si quiero evitar más… o terminar de romper lo que ya está herido.

Ella finalmente me mira. No hay odio. Tampoco miedo. Solo una especie de vacío.

—¿Por qué hiciste esto?

Su voz me atraviesa. Es suave, casi sin fuerza… pero más afilada que un cuchillo.

Camino hacia ella. Despacio. Como si cualquier paso pudiera quebrarla.

—Porque no iba a dejar que me borraras tan fácil. Ni tú… ni tu padre. —Acaricio el marco de la puerta mientras hablo—. Porque cuando estás lejos de mí, dejo de ser alguien. Y eso… eso me destruye.

Ella no dice nada.

—Sé que lo arruiné —susurro—. Que te mentí. Que te usé. Pero todo eso cambió. En algún punto, sin que lo notara, dejaste de ser una misión… y empezaste a ser el único lugar en el que me sentía real.

Silencio.

Solo el crujir de la madera vieja. El corazón golpeándome el pecho como si quisiera salir.

—No estás bien —me dice finalmente. No grita. No llora. Solo lo dice. Como una sentencia.

Me río. Suavemente. Porque tiene razón.

—Nunca lo estuve.

Un rato después acepta la toalla. La noto débil, como si el cuerpo se rindiera por cansancio, no por sumisión. La acompaño al baño sin tocarla. Ella entra, pero deja la puerta entreabierta.

La lluvia arrecia.

La escucho respirar.

La imagino intentando entender en qué momento todo se volvió tan confuso.

Y yo… yo también estoy roto.

Apoyo la cabeza contra la pared y cierro los ojos.

En mi mente, mi padre grita. Me llama débil. Me recuerda que ella es un medio, no un fin. Que el amor es una ficción que se pudre cuando uno se acerca demasiado.

Pero eso no es lo que siento.

Lo que siento es culpa. Deseo. Arrepentimiento. Miedo.

Y sí… amor. Una forma torcida, dañada, jodida de amor.

Pero amor al fin.

No entraré al baño. No tocaré su piel como si fuera mía.

Porque lo que le hice ya pesa lo suficiente.

Porque hay una parte de mí que aún quiere salvarse.

Y esa parte… solo existe por ella.




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