Taylor:
El sonido del agua llenando la tina no debería ser tan perturbador. Pero lo es.
Desde donde estoy, a unos pasos del baño, escucho su movimiento. Las gotas resbalando. Su respiración amortiguada. El sonido leve de la cerámica.
Cierro los ojos.
No quiero imaginar nada. No quiero caer en ese lugar donde todo se confunde, donde el deseo y la culpa se abrazan como si fueran lo mismo.
Y entonces escucho su voz, suave, temblorosa, pero clara.
—Taylor…
Mi nombre en sus labios. Me tensa como una cuerda a punto de romperse.
—¿Sí? —respondo, sin moverme.
—¿Puedes venir?
Silencio.
¿Es una trampa?
¿Una provocación?
¿O está empezando a quebrarse… como yo?
Camino hacia la puerta. La luz cálida del baño se filtra por el marco. Empujo apenas. Ella no me mira, pero sé que sabe que estoy ahí.
El vapor se acumula en el espejo. Su silueta es solo un trazo pálido en medio de la neblina. No distingo su expresión, pero su voz me guía:
—No voy a escapar. No ahora. No puedo.
Me quedo inmóvil.
—Entonces… ¿por qué me llamaste?
—Porque tengo miedo —responde. No de forma dramática. Casi como si lo estuviera admitiendo por primera vez—. Porque no sé si vas a romperme… o protegerme.
Y eso… me destruye más que cualquier golpe.
Me acerco. Me siento en el suelo, junto a la tina, sin tocarla. El vapor me empapa. Me hace sentir como si estuviera dentro de un sueño del que no puedo despertar.
—No quiero lastimarte, Liz.
—Pero ya lo hiciste.
Y ahí está. La verdad. Fría. Desnuda. Innegable.
Ella se gira apenas. Su rostro está húmedo, no sé si por el agua o por lágrimas. Me mira. No como antes. No con ternura… ni odio. Sino con algo más complejo.
Compasión, quizás. O lástima.
—¿Por qué sigues aquí? —me atrevo a preguntar.
—Porque no tengo a dónde correr. Aún.
Sus palabras me cortan la respiración.
Ella no me ha perdonado. No confía en mí. Pero está jugando este juego con la misma precisión con la que yo alguna vez la manipulé.
Y por primera vez, me doy cuenta de que ella es más fuerte de lo que pensé.
Nos quedamos en silencio por largos minutos. Solo el agua moviéndose. Solo el ruido de dos mundos rotos colisionando.
Ella se enrosca en su cuerpo, intentando cubrirse, a pesar de que no la miro con deseo. No puedo. No debo.
—Mañana —susurra—. Me gustaría salir un momento. A respirar.
La escucho. Asiento.
—Podríamos caminar juntos.
—Podríamos —respondo.
Pero ambos sabemos que esa salida será otra guerra.
Y que esta paz tibia, esta trinchera emocional… no durará mucho.
Porque detrás de esa calma aparente, Liz se está preparando.
Y yo… me estoy debilitando.
Y en este juego, quien siente demasiado… pierde primero.
Editado: 10.01.2026