Donde renace la sombra (libro 2)

Capitulo 17

Liz:

No sé en qué momento dejé de odiarlo. Tal vez fue esa noche en la que pensé que iba a matarme, y en vez de eso… lloró.

O cuando se sentó en el suelo de la cabaña, durante horas, sin decir nada, mientras yo temblaba en una esquina.

O cuando me curó el tobillo sin tocarme, como si sus propias manos le dieran asco.

Sé que lo que hizo no tiene perdón. Sé que me arrebató, me manipuló, me encerró. Y sin embargo… algo cambió.

No de golpe.

No con una frase bonita.

Sino a través del silencio, de los gestos que no saben mentir, de esa mirada suya que ya no era control… sino culpa.

Hoy le dije que confiaba en él. No con palabras. Sino quedándome.

No huyendo cuando la puerta quedó abierta por primera vez.

—¿Qué vas a hacer? —le pregunté esta mañana, mientras desayunábamos frente a una mesa improvisada.

—Depende de ti —dijo.

Lo miré. Quería odiarlo. De verdad. Pero él ya no era el mismo que me sonreía en el bosque con promesas falsas. Ese chico estaba roto. Vacío. Y por primera vez… parecía querer llenarse de algo real.

—Entonces quiero que vayas con mi padre —le dije—. Que hables con él. Que le digas quién eres. Que le pongas la cara… para que decida si no te mata.

La cabaña quedó atrás en silencio.

Tomamos el camino de regreso al pueblo, con las manos quietas, los ojos fijos en el horizonte. Cuando llegamos, Noah ya nos esperaba.

Estaba frente a la antigua estación de tren, acompañado de dos tipos que no reconocí, pero que claramente estaban armados. mamá no estaba. Lo cual me alivió.

Taylor bajó del auto primero. Con las manos arriba.

—Soy yo —dijo—. No vengo a pelear.

Mi padre no respondió. Solo caminó hacia él.

Y le cruzó un puñetazo que sonó como un disparo seco en el aire.

Taylor cayó al suelo.

—Eso es por tocar a mi hija —dijo Noah, sin gritar.

Taylor no se defendió. No se quejó. Solo escupió sangre y se reincorporó.

—Lo merezco —dijo, respirando con dificultad—. Pero vine a ayudarte. Quiero que me ayudes a destruir a Alexander Kane. Quiero salir de todo esto.

Mi padre entrecerró los ojos. Desconfiado. Calculador.

—¿Y por qué demonios confiaría en vos?

—Porque yo también soy su arma —respondió Taylor—. Y sé cómo funciona su red, dónde se esconde, quién lo protege. Puedo ser tu pase directo a él. Y… porque estoy harto de ser lo que él hizo de mí.

Silencio.

Yo di un paso al frente.

—Papá…

—¡No te metas, Liz! —rugió.

Pero no retrocedí. Lo miré directo a los ojos.

—Si él no cambia, lo vas a matar. Y lo sé. Pero si puede redimirse, si puede darte lo que necesitas para protegernos… ¿no vale la pena al menos escucharlo?

Noah miró a Taylor. Luego a mí. El conflicto le retorcía el rostro como una vieja herida reabierta.

Finalmente, murmuró:

—Tienes una sola oportunidad, chico. Una. Y si me traicionas… no habrá dónde esconderte.

Taylor asintió.

—Lo sé.

Horas después, los tres estábamos sentados en un sótano viejo, revisando planos, archivos, rutas.

Taylor hablaba con voz temblorosa, como si cada palabra fuera una traición al hombre que lo crio.

Mi padre tomaba notas, pero nunca bajaba la guardia.

Yo, en el medio, entre la furia de uno y el arrepentimiento del otro.

Y fue entonces cuando me di cuenta.

Este no era el final de nuestra historia.

Era el inicio de una guerra.

Y esta vez… la sombra no iba a nacer sola. Íbamos a parirla los tres.




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