Donde renace la sombra (libro 2)

Capitulo 18

Noah:

La puerta del sótano se cierra con un estruendo. Me quedo en la oscuridad del pasillo, apretando la manta contra mi pecho como si eso bastara para protegerme del frío que ha vuelto a instalarse en esta casa. No el frío del invierno… sino ese otro, que llega con él cuando cambia.

Cuando se convierte en lo que fue.

Cuando deja de ser Noah… y se convierte en él.

Lo escucho hablando con Taylor. Voz baja, controlada, metódica. Pero yo conozco ese tono. Es el mismo que usaba cuando me “tranquilizaba” años atrás. Cuando me decía que todo lo hacía “por protegerme”. Cuando no me dejaba salir, ni mirar a otro hombre, ni cuestionarlo, porque el mundo afuera era más peligroso que su control.

Me abrazo a mí misma.

Liz está aquí. Liz… mi niña. Y de alguna forma está en medio de esto. De los pecados de su padre. De las consecuencias de mis silencios.

Y entonces lo decido.

Camino firme hacia la puerta del sótano. Bajo las escaleras de madera sin pensarlo dos veces.

Noah está solo, revisando unos planos, apuntando con un bolígrafo rojo como si estuviera trazando una condena. Su ceño está fruncido. La mandíbula, apretada. Los ojos… vacíos.

—Noah.

No se gira.

—Estoy ocupado, Claudia.

—Tienes que parar.

Entonces sí se gira. Me mira. No como el hombre que me acaricia la espalda cuando tengo pesadillas. No como el padre de nuestra hija. Me mira como el hombre que dominaba territorios con miedo, que destruía vidas sin pestañear.

—No puedo parar. —Su voz es baja, contenida—. No ahora.

Doy un paso al frente. Estoy temblando. Pero no me detengo.

—¿Y si te pierdo? ¿Y si pierdo a Liz?

Su silencio duele más que una respuesta.

—Noah, te juro que no lo voy a soportar otra vez. No voy a ver cómo vuelves a convertirte en lo que eras. No puedo. No quiero.

—Esto es por ella —responde.

—¿Y lo de antes también lo era? —disparo, sin pensarlo—. ¿Cuándo me encerrabas? ¿Cuándo controlabas cada maldito movimiento mío? ¿También era por amor?

Su cuerpo se tensa.

—No soy ese hombre.

—¡Lo eres! —grito—. O estás a un paso de volver a serlo. Y si pierdo a mi hija por culpa de eso, por este juego de venganza, te juro que no te voy a perdonar nunca, Noah.

Me acerco. Le tomo la cara entre las manos. Él tiembla. Lo noto. Sus ojos se quiebran apenas.

—Liz necesita a su padre… no a un maldito mafioso. No a un demonio vestido de protector. A ti. Al hombre que me salvó cuando estaba rota. Al que aprendió a amarme sin poseerme.

Una lágrima le cae. No la limpia.

—No sé si puedo volver atrás, Clau. Ya no sé dónde empiezo yo… y dónde empieza el otro.

—Entonces recuérdalo —susurro—. Recuérdanos. No te pido que no luches. Solo… no te pierdas otra vez.

Silencio.

Él apoya la frente en mi hombro. Siento sus manos aferrarse a mi cintura como si se estuviera cayendo y yo fuera su única cuerda.

Y ahí, en medio del viejo sótano, con los planos de guerra tirados por el suelo, solo quedamos nosotros dos. Un amor deformado por el tiempo, remendado por el perdón, y puesto a prueba una vez más por las sombras que nunca se fueron.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.