Taylor:
Nunca pensé que volvería a estar con ella así. Sin cadenas. Sin engaños. Sin mentiras en cada gesto.
Liz está frente a mí, con el ceño fruncido, el cabello suelto, una carpeta entre las manos y esa energía suya que siempre me desarma más que cualquier arma apuntando a la cabeza.
—Si el plan de mi padre falla —dice, mientras traza líneas en un mapa que conseguimos de la vieja oficina de seguridad de la ciudad—, necesitamos una segunda opción. Algo rápido. Silencioso.
—¿Escapar? —pregunto.
—No. Acabar con él. —Su voz no tiembla.
Y ahí está. Esa es la parte de Liz que me asusta y me atrae a partes iguales. No es solo la hija de Noah. No es una víctima. No es la chica dulce del bosque.
Es una fuerza en sí misma.
Y me pregunto… ¿en qué momento empecé a verla así?
—Tenemos dos entradas posibles al complejo donde se esconde Alexander —continúa, marcando con un bolígrafo rojo—. Una por la parte del acantilado. Y otra por el antiguo túnel que nadie ha usado en años.
—¿Crees que podamos entrar por ahí sin que nos vean?
—No. Pero si logramos hacer ruido al otro lado del edificio principal… podría pensar que el ataque viene de frente.
La miro. En serio. Por primera vez en días me permito simplemente observarla. La forma en la que aprieta los labios mientras piensa. Cómo muerde la tapa del bolígrafo sin darse cuenta. Cómo se mueve con confianza, como si el miedo no existiera.
Y es ahí cuando lo siento. Esa cosa extraña. Esa presión en el pecho. No por culpa. No por lealtad rota.
Por ella.
Por cómo me mira ahora. Como si… tal vez… no me odiara tanto.
—¿Qué? —dice de repente, alzando la vista—. ¿Tengo algo en la cara?
—No —respondo, torciendo una sonrisa. Me aclaro la garganta—. Es solo que… a veces olvido que no te merezco.
Ella se queda en silencio.
Luego deja la carpeta a un lado. Se sienta frente a mí, cruzando las piernas.
—No estoy aquí porque te merezcas algo, Taylor. Estoy aquí porque decidí quedarme. Porque… en el fondo, quiero creer que todos podemos elegir ser diferentes a lo que nos enseñaron.
Eso duele. Pero también cura.
—Yo no sé amar —confieso—. Lo que me enseñaron fue a usar. A controlar. A destruir. Pero contigo es distinto.
—¿Por qué?
—Porque contigo no sé qué carajo hacer.
Ella sonríe, apenas. Baja la mirada.
—Tampoco yo —susurra.
El momento se estira entre nosotros. Ni caricias ni besos. Solo una tensión tranquila, íntima. Sincera. Como si todo el ruido de lo que fuimos estuviera callándose… un poco.
—Entonces —dice ella, recuperando el foco—, tenemos un plan A con mi padre. Y un plan B con nosotros. Y si ambos fallan…
—Yo no voy a dejar que eso pase —respondo sin pensarlo—. Te juro que esta vez, Liz, voy a protegerte de verdad.
—No necesito que me protejas —responde firme—. Solo que no me mientas más.
Y aunque me cueste… asiento.
Porque ella no me está pidiendo que la salve.
Solo que camine a su lado.
Y por primera vez… creo que puedo hacerlo.
Editado: 10.01.2026