Noah:
Nunca pensé que volvería a pisar un terreno como este.
Con las botas mojadas por la sangre de otros.
Con el corazón endurecido por el deseo de venganza.
Pero aquí estoy.
Y esta vez… no tengo intención de detenerme.
—¿Estás seguro? —me pregunta Liz desde el canal de comunicación. Su voz suena lejana, pero firme.
—Sí —respondo. No es una pregunta. Es una sentencia.
La entrada al complejo de Alexander Kane está justo frente a nosotros. Cuatro hombres de seguridad en la zona este. Dos francotiradores en las torres. Movimiento en el ala sur cada treinta segundos.
—Taylor, ¿tienes visual? —pregunto.
—Torre uno, neutralizado. Torre dos en treinta segundos.
—Hazlo.
Un disparo seco. Luego otro.
Silencio.
—Listo —dice Taylor—. Entrada despejada.
El equipo se mueve. Liz y Taylor toman el flanco izquierdo, creando una distracción controlada. Una pequeña explosión cerca del generador principal hace que las luces parpadeen. Gritos. Desorden. Las cámaras caen una a una.
Yo me muevo entre las sombras. Como antes. Como siempre.
Mi viejo instinto se activa. Mis pasos no hacen ruido. Mis manos son firmes. El arma en mi espalda pesa menos que el vacío en el pecho.
Llego a la entrada principal. Dos guardias. Tontos.
Uno cae con una llave en el cuello. El otro ni siquiera tiene tiempo de gritar antes de que mi cuchillo lo calle para siempre.
Sigo avanzando.
Los pasillos del complejo son fríos, metálicos. Todo huele a concreto viejo, pólvora y miedo. El mismo miedo que yo sembré años atrás en otros lugares como este.
—Noah —susurra Taylor—. Sala central, piso subterráneo. Él está ahí. Solo.
Sonrío.
Perfecto.
El ascensor desciende. El panel tiembla. Las luces parpadean.
Cuando se abren las puertas, ya no soy el padre de Liz.
Ni el compañero de Claudia.
Ni el hombre que buscó redención.
Soy lo que fui.
Lo que juré enterrar.
Soy la sombra que vuelve a nacer.
Alexander está sentado en una silla. Esperándome. Como si supiera.
—Así que viniste —dice. Su voz sigue igual. Seca. Burlesca.
—No vine a hablar.
Saco mi arma. Pero no disparo.
Primero lo golpeo.
Una vez.
Luego otra.
Y otra.
Sangra. Escupe. Ríe.
—¿Crees que esto cambia algo, Noah? Ya no eres el rey de nada. Solo un hombre viejo con hambre de gloria.
—No quiero gloria. —Le clavo el cuchillo en la pierna. Grita—. Solo quiero que pagues.
Lo amarro a una tubería oxidada. Saco mi bolsa. La misma que no tocaba desde hace 19 años.
Sogas. Pinzas. Un soplete portátil. Un frasco con ácido lento.
Alexander empieza a entender. Ya no ríe. Empieza a suplicar.
Como suplicó Claudia alguna vez.
Como suplicó su gente mientras ardía todo.
Lo que le hago no tiene nombre. Y no lo merece.
Solo sé que al final… ya no queda nada en él que sea humano.
Solo carne temblorosa y ojos apagados. Y entonces, finalmente, lo miro a los ojos.
—Esto es por mi hija —susurro—. Por mi mujer. Por cada año de silencio.
Y le disparo entre ceja y ceja.
Silencio.
Sangre.
Paz.
Por fin.
Cuando salgo del edificio, todo huele a humo. Liz y Taylor me esperan a una distancia prudente. Liz me ve, se cubre la boca, y aunque no dice nada… sabe. Lo sabe todo.
—¿Terminó? —me pregunta.
—Sí.
Ella asiente. Toma mi mano. La mía tiembla.
Taylor se mantiene callado. Sus ojos buscan a Liz. No a mí.
Y yo entiendo algo, en ese momento:
Quizás esta guerra acabó…
…pero lo que venga después dependerá de si puedo seguir siendo un hombre,
…o si esta sombra que renació se niega a dormirse otra vez.
Editado: 10.01.2026