Donde renace la sombra (libro 2)

Capitulo 21

Noah:

El camino de regreso a casa fue silencioso. No por falta de palabras, sino porque cada uno de nosotros llevaba un peso invisible que ninguna conversación podía aliviar.

Papá no hablaba. Manejaba con el rostro tenso, los nudillos blancos en el volante. Sus ojos no parpadeaban. No era el hombre que reparaba relojes ni tallaba madera en el taller. Era alguien más. Un fantasma con piel curtida y mirada letal.

Taylor iba en el asiento trasero, junto a mí. Tenía la cabeza agachada, el ceño fruncido, como si quisiera desaparecer entre sus propios pensamientos. A veces, rozaba mi mano con la suya. Como buscando perdón sin palabras. Como recordándome que, aunque todo había empezado mal… algo dentro de él había cambiado.

Y yo... yo solo quería que mamá estuviera bien.

Cuando llegamos a la cabaña, mamá salió corriendo a abrazarnos. Su rostro estaba hinchado de tanto llorar, pero sus ojos brillaron cuando me vio. Se aferró a mí como si yo fuera lo único que la mantenía viva.

—Mi niña… mi niña, gracias a Dios…

Papá se acercó a ella y le tocó el rostro. Se dijeron cosas en silencio. Cosas que yo no debía oír.

Esa noche no dormí. Nadie lo hizo.

Al día siguiente, intentamos volver a una rutina. Claudia cocinó algo simple. Taylor se ofreció a reparar la puerta del granero, y papá revisó las cámaras, como si su obsesión por la vigilancia aún no hubiera muerto.

—¿Crees que todo terminó? —le pregunté a Taylor mientras me sentaba a su lado en el porche.

Él tardó en responder.

—Eso pensé —dijo al fin—. Pero mi padre no era el único. Solo era la cara visible de algo más grande. Él respondía a otros hombres… hombres que no van a dejar esto así.

Mi estómago se encogió. Sentí ese escalofrío que te sube por la espalda cuando sabes que algo va mal, pero no sabes qué tan mal todavía.

—¿Quiénes son?

Taylor me miró. Esa mirada suya… rota, sincera. Le costaba confiar en sí mismo, pero esta vez lo hizo.

—Una red. Vieja. Oculta. A la que Noah perteneció alguna vez. No todos lo perdonaron por traicionarla. Y menos por matarlo a él. Lo que hicimos fue un disparo en medio del bosque... pero ahora el eco va a traer a las bestias.

Claudia comenzó a notar cosas. Papá dormía menos. Caminaba con un arma oculta bajo la camisa. Hablaba con gente por el teléfono que ella no conocía.

Una noche, lo escuché desde mi cuarto. Gritaba. No en voz alta, pero con rabia.

—Si se acercan a mi casa, a mi hija, a mi esposa… juro que entierro a cada uno. ¿Me oyes? ¡Cada uno!

No era una amenaza. Era una promesa.

A los pocos días, papá nos reunió en la sala. Estaba de pie, como si no pudiera permitirse descansar.

—Taylor tiene razón —dijo—. Esto no ha terminado. Lo de Alexander fue solo el inicio. Su muerte despertó a viejos monstruos. Hombres con poder. Hombres sin alma.

Mamá se llevó la mano al pecho. La vi temblar.

—¿Qué quieren? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

—A ti. A tu madre. A mí. Quieren lo único que me haría débil. Lo único que me queda.

—¿Qué vamos a hacer? —dije.

Papá se agachó frente a mí. Me miró con los ojos vacíos y al mismo tiempo rebosantes de amor.

—Vamos a protegernos. Y si tengo que convertirme de nuevo en el hombre que una vez fui… lo haré. No por venganza esta vez. Por ustedes.

Taylor apretó los puños.

—Yo estaré con ustedes. Hasta el final.

Papá lo miró por un largo momento. No dijo nada. Pero no lo rechazó.

Esa noche, los tres dormimos en la misma habitación. Mamá entre papá y yo. Taylor en la silla junto a la puerta. Nadie se lo pidió. Lo hizo solo.

El silencio era espeso. Pero había algo más…

Un presentimiento que se arrastraba por debajo de la piel, como electricidad antes de la tormenta.

Yo cerré los ojos. Imaginé que estábamos a salvo.

Pero en lo profundo…

sabía que esto era solo el ojo del huracán.

Que las cosas iban a ponerse mucho peor.

Y que esta vez, la oscuridad no tocaría la puerta.

Entraría sin pedir permiso.




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