Donde renace la sombra (libro 2)

Capitulo 22

Taylor:

Nunca pensé que me detendría a pensar en algo tan simple como esto. Cómo mirar a alguien sin que se sienta atrapada. Cómo tocar una mano sin que parezca una cadena. Cómo decir “te quiero” sin que suene a deuda.

Liz me está enseñando, aunque ella no lo sepa. Cada vez que sonríe cuando hablo en serio. Cada vez que me contradice sin miedo. Cada vez que me recuerda que no necesita que la proteja, pero que no me aparta de su lado.

Ella está cambiando todo lo que sé. Y me da miedo. Miedo de arruinarlo. Miedo de volver a ser lo que fui.

Una tarde la encontré ayudando a su padre en el taller. La madera tenía ese olor cálido que siempre asocio con hogar, con algo que nunca tuve. Liz me sonrió, con la cara manchada de polvo y el cabello desordenado. Me tembló el pecho.

Y en vez de quedarme allí, huyendo de lo que sentía, busqué a Claudia. Ella estaba en la cocina, pelando manzanas en silencio. Al verme entrar, me miró con esa mezcla de desconfianza y compasión que me mata más que cualquier golpe.

—¿Qué necesitas? —preguntó.

Tragué saliva. Nunca me había costado tanto decir algo.

—Quiero… necesito saber cómo amar a Liz. De verdad. Sin lastimarla. Sin repetir lo que me enseñaron.

Claudia dejó el cuchillo sobre la mesa. Su respiración se detuvo un instante. Y luego, como si hubiera esperado esas palabras, me miró a los ojos.

—Amarla no significa protegerla de todo, Taylor. Significa dejarla ser. Escucharla. No hacerla sentir pequeña.

Me quedé en silencio. Pensé en cómo mi padre siempre me enseñó que amar era poseer, que querer a alguien era atarlo antes de que se escapara.

—¿Y si fallo? —pregunté en voz baja.

Claudia me sostuvo la mirada, y por primera vez no vi en ella solo miedo hacia mí, sino un rastro de esperanza.

—Entonces aprendes. Una y otra vez. Pero nunca la uses. Nunca la conviertas en un medio para otra cosa. Liz no es una debilidad que puedes aprovechar. Es una fuerza. O la aceptas así… o mejor aléjate.

Sus palabras me atravesaron como cuchillas. Porque eran verdad. Porque eran lo que siempre necesité escuchar, y nadie se atrevió a decirme.

—Lo intentaré —dije al fin.

—No, Taylor —me corrigió suavemente—. Lo harás. Porque si no lo haces, Noah no será tu mayor problema. Seré yo.

Y lo dijo con tanta firmeza, tanta serenidad, que me hizo sonreír en silencio. Porque entendí que, de algún modo extraño, Claudia me estaba abriendo una puerta.

Esa noche, cuando Liz me buscó en el porche para hablar del plan, no la miré como antes. No como a un objetivo. No como a una salvación forzada. La miré como a la única persona que me hace querer ser alguien distinto. Y mientras hablábamos, no le prometí protegerla. Solo le prometí estar.

Y por primera vez en mi vida… sentí que eso era suficiente.

El aire olía distinto esa noche. Lo supe antes de que algo pasara. Como si la brisa trajera un mensaje que mi cuerpo entendió antes que mi cabeza: algo viene.

Liz estaba conmigo en el porche. Tenía una taza de té caliente entre las manos y hablaba de lo que haría si todo esto terminaba algún día. Estudiar en la ciudad. Viajar. Tener una vida sin sombras. Yo solo la escuchaba. No porque no tuviera nada que decir, sino porque me daba miedo romper la ilusión de su voz.

Y entonces lo escuché. Un chasquido en los árboles. Un crujido demasiado seco para ser el viento.

Me puse de pie de inmediato.

—¿Qué pasa? —preguntó Liz, inquieta.

—Dentro. Ahora.

No discutió. Algo en mi voz la convención. Entramos, y justo cuando cerramos la puerta, el primer disparo retumbó contra la madera del porche.

Claudia gritó desde la cocina. Noah bajó las escaleras con un arma en la mano, los ojos encendidos de furia.

—¡Están aquí! —rugió.

El cristal de una ventana explotó. Fragmentos cayeron a centímetros de Liz. La tomé del brazo y la empujé contra el suelo, cubriéndola con mi cuerpo.

—¡Quédate abajo! —le dije.

Pero ella forcejeó.

—¡No me dejes como una inútil!

Y ahí estuvo el reto. ¿La encerraba, la apartaba como hizo siempre mi padre conmigo y con todos? ¿O confiaba en ella, en lo fuerte que es?

Tragué saliva. El caos rugía alrededor, pero su mirada me sostuvo firme.

—Entonces escucha —le dije rápido, mirándola a los ojos—. No dispares a lo loco. Apunta. Respira. Y no te alejes de mí. ¿Entendido?

Ella asintió. Y entendí que había hecho lo correcto.

El ataque fue brutal.

Tres hombres entraron por la puerta trasera. Noah los recibió como un animal enjaulado, cada disparo suyo era seco, preciso, mortal. Claudia intentaba mantenerse a salvo detrás del sofá, aunque el terror en su rostro la hacía temblar.

Yo cubría la entrada principal. Liz a mi lado, con un arma demasiado grande para sus manos, pero con la determinación de alguien que ya no quería ser protegida como una niña.

Uno de los atacantes rompió la ventana y entró por el marco. Disparó hacia nosotros. Liz gritó, disparó de vuelta… y lo derribó.

La miré. Temblaba, pero estaba viva. Sus ojos se encontraron con los míos. No eran los de una víctima. Eran los de una mujer que había decidido luchar.

—Bien hecho —susurré, apretando su mano un segundo antes de volver a cubrirla.

Cuando todo terminó, el suelo estaba cubierto de casquillos y sangre.

Los cuerpos de los atacantes yacían alrededor de la cabaña como advertencias que Noah parecía saborear en silencio.

Claudia lloraba en un rincón, abrazando sus rodillas. Liz respiraba agitada, todavía con el arma en las manos, sin creer del todo lo que acababa de hacer.

Yo la miré. Y en ese instante lo supe.

No la amaba porque necesitara salvarla. La amaba porque ella me estaba salvando a mí. Me acerqué, con cuidado, y le quité el arma de las manos.

—Ya pasó —le dije.

Ella me miró, los labios temblorosos.




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