Noah:
Cuando todo terminó y la cabaña quedó silenciosa de nuevo, no era paz lo que sentía. Era la certeza de que esto apenas comenzaba. Mi instinto me gritaba que alguien más estaba moviendo los hilos. No eran los hombres que intentaron entrar. No eran simples mercenarios.
Alguien los contrató. Alguien que sabía cómo encontrar nuestros puntos débiles.
Horas después, revisando cada comunicación interceptada, cada conexión y movimiento extraño en la ciudad, lo vi claramente.
Su nombre apareció una y otra vez en las cuentas oscuras de transferencia y mensajes cifrados: Elizabeth.
Mi corazón se detuvo. Elizabeth… mi ex prometida.
La mujer que una vez creí amar. La mujer que juró que sería mía y que yo dejé en el altar. La misma que me persiguió con odio durante años, oculta tras la sombra del pasado, y que ahora regresaba a reclamar lo que siempre quiso: a mí.
Recordé sus ojos aquella noche, llenos de fuego y promesas rotas. Recordé cómo su rencor no era solo por mí, sino por ver que Claudia y yo éramos felices.
Y ahora… estaba aquí. Manipulando, moviendo sus piezas, preparando el ataque definitivo.
—Liz, Claudia… no estamos seguros —susurré mientras revisaba las imágenes—. No sabemos quién es ella todavía, pero les advierto: no habrá piedad. Elizabeth solo quiere una cosa: a mí. Y no permitirá que nada ni nadie se interponga.
Taylor se acercó, los hombros tensos, y vio mi expresión.
—¿Quién es ella? —preguntó, con la voz baja.
—Mi ex prometida —respondí, sin quitar los ojos de la pantalla—. La única mujer capaz de destrozarme y dejarme con nada… y ahora sabe dónde estamos.
No podía dejar que mis emociones me controlaran, no con Liz y Claudia a mi lado. Pero parte de mí gritaba por venganza. Por años de manipulación, celos y traición.
—Es demasiado buena manipulando —continué—. Posee la habilidad de hacerse ver buena, de acercarse cuando le conviene. Debemos asumir que cualquier gesto amable puede ser una trampa.
Taylor asintió. Sus ojos reflejaban comprensión, y al mismo tiempo, miedo. Pero no era el miedo a morir. Era el miedo a fallar, a que ella lograra tocar lo que más amo.
—Noah… —dijo Taylor—. ¿Cómo la detenemos?
Respiré hondo. Cada músculo de mi cuerpo estaba alerta. Cada recuerdo de Elizabeth, de su rencor y de su posesión obsesiva, me daba claridad.
—Con estrategia —dije con firmeza—. Con vigilancia. Y si intenta tocar a mi familia… no habrá misericordia.
Claudia apareció detrás de mí, pálida, temblando ligeramente, y tomó mi mano. Sus ojos buscaban seguridad, aunque sabía que estaba pensando en lo peor.
—Noah… por favor… piensa con claridad. No puedo perderte a ti ni a Liz… no otra vez —susurró, su voz quebrada por el miedo.
La abracé, cerrando los ojos. La promesa de protegerlos era más fuerte que cualquier deseo de venganza.
Pero una cosa estaba clara: Elizabeth no dejaría nada en paz. Y esta vez, no solo era el pasado. Era la obsesión de alguien capaz de engañar, destruir y poseer sin límite.
El verdadero huracán estaba por comenzar.
Editado: 10.01.2026