Donde se detiene el miedo

Capítulo 2: Eren Lombardi

Suena la desesperante melodía del móvil y Eren solo logra abrir medio ojo para alcanzar la mesita de noche de donde proviene ese estruendoso sonido.

—¿Pero qué hora es? —se pregunta el chico, aún con las legañas pegadas.

—¡Despierta ya, vago! —exclama una voz al otro lado de la puerta cerrada de su habitación.

De mala gana, Eren se levanta de la cama, se pone una camiseta y baja a desayunar con su padre. Al llegar a la cocina, se da cuenta de que este ya lleva puesto el traje.

—¿No es un poco pronto para que te vayas a trabajar? —pregunta inocentemente el muchacho.

—Algunos sabemos cuáles son nuestras responsabilidades, chico. Termínate eso, y si quieres, te acerco a la biblioteca. Tengo una reunión a primera hora, pero voy bien de tiempo.

Eren suspira. Al menos el viaje en coche con su padre será corto y no tendrá tiempo para más quejas o reprimendas. Sube a su cuarto, se pone el primer chándal mugriento que encuentra en el armario —total, su idea es pasarse todo el día encerrado entre esas paredes que, en el fondo, ruega por poder dejar atrás algún día.

Baja de nuevo corriendo las escaleras y, antes de coger la mochila y algo para comer, se acerca al salón, donde lo esperan dos bolitas de pelo gris y amarillo: Ronnie y Ginger, los amores de su vida. Tras un leve ronroneo de los gatos y un gruñido apremiante de su padre, Eren sale por la puerta de su casa.

El coche negro de su padre lo deja frente a la biblioteca donde Eren ha pasado la mayor parte de los últimos seis meses.

Cuando terminó el bachillerato, su madre enfermó y, a los pocos meses, murió. Fue un golpe duro para la familia. Matilde era el pilar fundamental de esa casa, quien los mantenía unidos y quien conservó la alegría hasta el último de sus días.

Eren sabía que su padre no volvería a ser el mismo, y también que entre ellos algo se rompió para siempre aquel 13 de junio.

Ese día le prometió a su madre que se formaría, que tendría un buen futuro, que dejaría de salir con chicas todos los fines de semana y de acabar en malas compañías, en cualquier avenida, sin acordarse de nada al día siguiente.

Lo estaba cumpliendo... más o menos. Se sentía bastante orgulloso, aunque aún se descontrolaba a veces y seguía teniendo ciertos problemas con sustancias ilegales. Sin embargo, tras la muerte de su madre, retomó el contacto con dos amigos de la infancia y, para su sorpresa, también querían prepararse para lo mismo que él.

No se sentía tan solo, y empezaba a pensar que tenía una razón real para seguir luchando por un sueño que ya no era solo suyo.

Ahí está: nuestro chico de ojos profundos, frente a su querida jaula, como le gusta llamarla. Se ajusta la mochila y sube las escaleras de la biblioteca con pasos pesados. Al echar un vistazo por encima del hombro, ve una cabeza despeinada que conoce demasiado bien.

—Qué madrugador, bambino —le dice Bruno, al notar que Eren le toca el pelo desde atrás.

—Ya sabes… mi padre —responde Eren, resignado, mientras se sienta a su lado.

—¿Se levantó intenso el señor Lombardi? —pregunta Bruno, en tono burlón.

—Bueno… ya sabes cómo está últimamente. Prefiero pasar más tiempo fuera de casa, aunque sea aquí encerrado —responde Eren con una mueca de disgusto.

A pesar de tener una rutina, de estar estudiando algo que le gusta y que podría brindarle un buen futuro, su padre sigue tratándolo como a un niño. Cree que ser bombero no es una profesión que le proporcione estabilidad personal.

Cuando se sentó con sus padres y les habló de su entusiasmo, no imaginaba que cumplir su sueño iba a venir acompañado de tanto dolor: primero el diagnóstico de su madre, luego todo el proceso de hospitales, quimioterapia, revisiones… ver cómo, poco a poco, la vitalidad se le escapaba de las manos.

Luego, su fallecimiento. La soledad. El silencio que se instaló en la casa.

Nada de eso fue fácil de sobrellevar. Y desde luego, el poco apoyo emocional que recibió de su padre no ayudó en nada.

La convivencia, muchas veces, se le hace insoportable, y su paciencia... nunca ha sido su fuerte.

Dispuesto a aprovechar la mañana de estudio, Eren saca sus libros de Vigili del Fuoco – Comando Provinciale di Venezia, se pone los cascos y se dispone a sumergirse entre letras y palabras… que últimamente, apenas logran hacerle sentido.




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