Luna se siente rara. Hacía tiempo que no experimentaba esa sensación de nervios en la boca del estómago, esa presión en el pecho y ese nudo vago en la garganta. Siempre ha odiado ser tan sensible…
Es una tontería —se repite—. Solo es su primer día de clase en la universidad. Tiene la posibilidad de empezar de cero. Nadie sabe quién es. Puede, por fin, dejar a esa “Luna” atrás.
Alguien le toca con suavidad el hombro. Luna se gira, sorprendida, y se encuentra con la agradable cara de la chica con la que se ha chocado hace un rato en el baño.
—Vamos a la misma clase, ¡qué casualidad! Si lo llego a saber, me habría presentado antes en lugar de salir corriendo despavorida. Debiste pensar que soy muy rara, disculpa —dice la rubia, atropelladamente. Ahora que la observa con más atención, Luna nota que no parece italiana… Tiene un deje europeo. Quizás española.
—No te preocupes —ríe Luna—. Perdona tú también, casi te rompo las gafas. Soy Luna y, como habrás notado, también me siento un poco perdida —responde con una sonrisa amable.
—Yo me llamo Ara, y no te imaginas lo confusa que estoy. Acabo de llegar a Italia y apenas me ha dado tiempo a adaptarme —¡bingo! Luna sabía que no era de allí. El nudo en su estómago empieza a aflojarse. Quizás hablar con Ara le ha sentado bien.
—Hablas un italiano perfecto —la elogia Luna, al ver lo nerviosa que parece. Quizás ella también se siente fuera de lugar, lejos de su familia, en un país que aún no es suyo.
—Gracias, Luna —responde sonrojada la rubia—. Cuando tenía 12 años pensé que el idioma era precioso y siempre quise venir. Empecé a estudiarlo por mi cuenta. Luego tuve una novia de Nápoles que me ayudó a pulir el acento. Lo hablo, entiendo y escribo casi sin problemas.
Duda resuelta. Y en cuestión de segundos, a Luna ya le cae bien. Ahora que la observa mejor, se nota que Ara encaja en la carrera que han elegido: esos mocasines con calcetines la delatan. Definitivamente, le gusta su estilo.
Tras unos minutos de charla ligera —durante los cuales Luna descubre que Ara es de la capital de su país y que tiene un perrito al que ya echa mucho de menos— eligen dos butacas que, sin saberlo, las acompañarán los próximos meses.
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Tres horas después, ambas salen exhaustas. Para ser una primera clase, ha sido intensa.
Luna se dirige al punto de encuentro para contarle todo a Mia. Al bajar las escaleras, la ve con los ojos fijos en la pantalla del móvil. Cuando las ve acercarse, apaga la pantalla con rapidez y fuerza una sonrisa.
Luna decide no hacer preguntas; sabe que, si Mia necesita hablar, será ella quien lo diga.
—Mia, ella es Ara —dice Luna con cautela—. Viene de España, lleva apenas un mes aquí. Antes nos chocamos en el baño y luego descubrimos que íbamos a la misma clase. Pensé que podía venir con nosotras… si no te importa.
La pelirroja observa a la rubia con curiosidad, pero sonríe encantada.
—¡Claro que sí! —responde—. ¿Vamos a por un café?
Después de un día tan intenso, las tres mueren por un buen caffè latte.
Salen del campus compartiendo anécdotas y risas como si fueran amigas de toda la vida.
Al final, pese a los nervios, parece que adaptarse es más fácil de lo que creían.
—Cruzando el Ponte de Ca’ Foscari hay una cafetería donde dan un café buenísimo —propone Mia—. Voy desde que era pequeña.
“Caffè Rialto”, lee Luna en voz alta al llegar. Suena una dulce melodía para avisar al local de la llegada de nuevos clientes.
Ven una mesa acogedora al fondo. Les atrae de inmediato. Quizás ya han encontrado su rincón favorito.
Piden su café con ilusión. Al poco tiempo, un camarero guapo se acerca con las bebidas. Mia lo observa con atención. Ha venido tantas veces aquí, ¿cómo es que nunca se había fijado en él?
Luna, divertida, nota cómo su amiga se sonroja mientras debate internamente si debería decirle algo al chico de ojos marrones. Pero entonces, suena otra vez la melodía de la puerta.
Dos chicos entran. Parecen de su edad —o eso calcula Luna tras un vistazo rápido—.
—No me habíais dicho que los chicos de aquí eran tan guapos —bromea Ara, mirando la cara embobada de sus dos nuevas amigas—. Si queréis me acerco yo a decirles algo… no vaya a ser que os atragantéis con el café, chiquillas —ríe divertida.
—¿Qué dices? Nada más lejos de la realidad. Ni quiero saber nada, ni pienso volver a entablar conversación con un hombre. Gracias, pero ya escarmenté —responde Luna, un poco más seca de lo habitual.
—El querido ex de Luna… Digamos que es una persona que es mejor tener lejos, por decirlo suavemente —añade Mia, todavía distraída.
Ara observa con confusión, sin entender demasiado el contexto. La conversación comienza a tensarse.
En ese momento, se escuchan gritos desde la mesa cercana. Uno de los chicos llama la atención del local.
Lorenzo —que es como se llama el camarero— los manda callar. Les advierte que pueden quedarse, pero solo si no molestan a los demás.
Aparte de ellas, solo hay tres personas más. Por el tono en que les ha hablado Lorenzo, parecen conocerse. Tal vez son amigos.
—Eren, ¿quieres dar una vuelta con la moto después? —pregunta uno de los chicos al camarero.
¿Eren? Así se llama el chico moreno de ojos intensos que Luna no ha dejado de mirar desde que entró.
Curioso nombre.
Sin darse cuenta, Luna enrojeció. Él también la está mirando. Lo sabe. Se miran por unos segundos.
Ella desvía la vista, nerviosa, intentando retomar la conversación que sus amigas siguen. Algo sobre un paseo por el canal…
Pero ya no puede quitarse al misterioso chico de la cabeza.