Donde se detiene el miedo

Capítulo 4: Ella

Después de leer páginas interminables y subrayar mil palabras que apenas tienen sentido en el presente, Eren le pregunta a Bruno si le apetece dar un paseo para despejarse. Además, después de casi cuatro horas sin moverse del sitio, un cigarro empieza a ser más que necesario. Su amigo acepta sin rechistar y ambos salen de la biblioteca tras recoger sus pertenencias. No sería la primera vez que aquella desagradable anciana que tienen por bibliotecaria les confisca el estuche por volver más tarde de lo debido.

Nada más cruzar las puertas, Eren siente el viento fresco en la cara. Ya estaba empezando a pensar que se convertiría en piedra si pasaba un minuto más sentado en esa incómoda silla de madera. Se detiene, saca un cigarro, lo coloca con suavidad entre sus labios cortados y, con un movimiento ágil de muñeca, lo enciende. Da una calada y suspira. Realmente, eso es lo único que le hace sentir bien sin duda. Se gira y ve a su amigo mirándolo con una mueca de desagrado. Sabe perfectamente lo que Bruno opina sobre que fume, y sabe también que, con los antecedentes de cáncer que ha heredado de su madre, se la está jugando. Pero Bruno no lo entiende: es lo único que logra quitarle esa presión en el pecho. Bueno, eso y la moto... aunque es consciente de que se arriesga mucho más cuando la lleva al límite. Por eso, y por el bien de todos, ha decidido conformarse con encenderse un cigarro inofensivo.

Caminan en silencio, disfrutando del paisaje que ya conocen bien. Al pasar por el puente, el sonido del agua del canal se escucha con más fuerza. Les gusta. Han crecido con él. Es algo familiar, casi reconfortante. A pesar de no haberlo hablado, ambos parecen tener claro su destino final y se dirigen sin pensarlo a la cafetería donde trabaja su amigo Lorenzo.

Es un local pequeño, acogedor, decorado en tonos marrones y verdes, con música ambiental y algunas mesas donde sentarse a tomar un café tranquilamente con buena compañía. Saben que Lorenzo está dentro, con su mejor sonrisa, como siempre, tomando nota de los pedidos y luego corriendo tras la barra, rezando por no haberse olvidado de nada. Al entrar, suena ese familiar timbre agradable que anuncia su llegada. Con un gesto amable, Lorenzo les señala una mesa para que se sienten mientras termina de atender a otros clientes.

Eren echa un vistazo rápido al local, que no está muy lleno a esa hora. Se fija en una de las mesas del fondo, donde hay tres chicas sentadas. Por su apariencia, deben de tener una edad similar a la suya. Hay una morena entre ellas que no le quita los ojos de encima. Es guapa, pero algo le dice que si le devuelve la mirada con la misma intensidad, ella apartará sus grandes ojos y fingirá que no ha pasado nada. Bruno le da un codazo y, entre risas, se sientan en una mesa cercana a la de las chicas. Entre los gritos y las bromas de Lorenzo, finalmente piden sus cafés.

Eren se gira, sin el menor disimulo, y observa a la chica. Ella lo mira de forma descarada, pero no hay lujuria en su mirada, sino una mezcla de curiosidad y desaprobación. Desde luego, no le transmite el más mínimo incentivo para interesarse por ella.

Bruno le pregunta a Lorenzo si luego le apetece dar una vuelta con la moto. Eren se da cuenta de que la morena se sorprende al escuchar su nombre. Sí, es consciente de que no es un nombre especialmente común. Le divierte la expresión colorada de la chica, y más aún cómo sus amigas la molestan al pillarla mirándolo en varias ocasiones.

Las chicas ya han terminado sus consumiciones y se disponen a marcharse. La morena pasa casi rozándole el brazo, debido al poco espacio entre su mesa y sus amigas, que caminan atropelladamente. No sabe si ha sido intencionado o no, pero después de pasarse la tarde observándolo, al salir no le dirige ni una triste mirada. Pasa de largo, ignorándolo por completo, y eso le deja el ego profundamente herido.

Tras la huida —casi de película— de la divertida chica morena, Eren vuelve a prestar atención a la conversación de sus amigos. El local está prácticamente vacío, así que Lorenzo ha decidido compartir mesa con ellos un rato. Hablan de la fiesta de novatos que organiza la facultad de la hermana de Bruno. Una de esas típicas fiestas que hacen todos los años, con alcohol gratis y críos desmadrados creyéndose más mayores de lo que realmente son.

Este año será distinto. No tendrán que colarse, podrán ir como acompañantes, lo cual les resulta tentador. A Eren le entretiene la idea, pero disocia un poco de la conversación. No es que no le apetezca un buen desmadre, es que sabe que puede acabar mal. La última vez, sin ir más lejos, amaneció en el aparcamiento de un supermercado sin un zapato y sin recordar absolutamente nada. Solo sabe que, por suerte, decidió no llevarse la moto, y da gracias por ello. Dentro de todas las malas decisiones que seguramente tomó aquella noche, esa fue, sin duda, la mejor.

Sus amigos siguen hablando sin parar. Planean ir ese mismo sábado. Hoy es miércoles. Eso significa que tiene dos días enteros para decidir si va... o no.




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