Donde se detiene el miedo

Capítulo 5: Novatadas

Al salir de la primera clase del jueves, Ara y Luna escucharon a unos chicos de segundo año comentar que ese sábado habría una fiesta en el campus para los novatos. Las dos se miraron con los ojos brillantes y, sin dudarlo, corrieron hacia donde sabían que estaría Mía para contarle, entusiasmadas, los planes que ya daban por hecho para su primer fin de semana como universitarias.

Mía estaba en su rincón habitual, mirando el teléfono con esa expresión de desaprobación que últimamente parecía permanente. Luna sabía que tenía que hablar con ella. Estaba claro que algo le pasaba, y por mucho que intentara esconderlo, no podría hacerlo siempre. Al menos, no con ella. A pesar de todo, con el mismo entusiasmo con el que sus amigas le contaron la noticia, Mía aceptó. Sería la primera fiesta de las tres juntas, y sabían que no la olvidarían fácilmente.

Llega la mañana del sábado y las tres chicas deciden reunirse en casa de Luna para almorzar, arreglarse juntas y salir rumbo a la universidad, dispuestas a vivir la primera gran fiesta de su año como novatas. Apenas pasan de las doce del mediodía cuando suena el estruendoso timbre de la casa de los Ferrara. Es la madre de Luna quien abre la puerta y se encuentra con dos rostros preciosos que la miran con una mezcla de timidez y curiosidad.

—Bienvenidas. Yo soy Bianca, la madre de Luna. Tú debes de ser Ara, encantada, bonita… y tú, Mía, tan preciosa como siempre —dice la encantadora Bianca con una gran sonrisa.

—Un placer, señora Ferrara —exclama Ara, con una mezcla de admiración y nerviosismo.

—Gracias por la invitación una vez más, Bianca. Siempre es maravilloso venir —añade Mía con una exagerada educación que sabe le costará una regañina. Se conocen desde pequeñas. Es prácticamente parte de la familia.

Guiadas por Bianca, las chicas atraviesan el pasillo hasta llegar a la última puerta. Con un pequeño empujón, esta se abre de golpe y se encuentran a una Luna visiblemente desquiciada, rodeada de ropa que parece sacada del fondo de un armario de fiesta: pantalones de lentejuelas, vestidos que seguramente ya no le quedan y varias faldas de dudosa procedencia. Está claro que necesita ayuda para deshacer ese caos estilístico que domina su habitación.

Tras varias horas probándose diferentes outfits, las tres amigas por fin se deciden. Tienen claro que esa noche debe ser perfecta. Ellas son las verdaderas superestrellas. Sin más dilación, salen por la puerta de los Ferrara, no sin que Bianca saque su vieja cámara desechable y les haga una foto para el recuerdo.

Se dirigen al embarcadero para tomar el barquito que recorre el canal desde Cannaregio hasta el centro de la ciudad veneciana, donde se encuentra ubicado el campus. Nada más cruzar las enormes puertas de la facultad, se topan con una gran cantidad de gente. La mayoría son completos desconocidos, aunque algunas caras les resultan vagamente familiares. Pero eso no importa: han venido con una sola intención, vivir la mejor noche de sus vidas.

Luna va agarrada al brazo de Mía, intentando no perderse entre la multitud. Apenas alcanza a ver más allá de las cabezas que la rodean. La música suena altísima, las voces se superponen unas con otras y no consigue entender lo que Ara intenta decirle con tantas señas… hasta que lo ve.

Ahí está.

Alto. Con una mirada perdida, casi disociada. Como si no perteneciera del todo a ese lugar. Como si alguien lo hubiera llevado allí sin su consentimiento. Sus miradas se cruzan por un instante. Él también la ve. Y Luna siente ese cosquilleo extraño, ese que hace tanto no experimentaba.

De repente, Mía la jala con fuerza, arrastrándola entre la gente. Se abren paso hasta una zona más despejada, donde logran servirse algo de beber. Luna, sin dejar de mirar al chico a lo lejos, sonríe por dentro. Lo ha visto. Él la ha visto. Y eso es suficiente.

Se reúne con sus amigas. Mientras conversan y se ríen, siente que alguien la roza por detrás. Apenas tiene tiempo de girarse cuando una copa se derrama sobre Ara. Todo sucede muy rápido: un chico se ha tropezado con ella por culpa de un borracho que venía detrás. La bebida empapa parte del vestido de su amiga, que lanza un quejido agudo.

Luna se gira con expresión molesta, pero al ver al chico que ha causado el accidente… se congela.

Es él.

El chico de la cafetería. El de los ojos marrones intensos. El mismo que ha invadido sus pensamientos durante días.

Sus miradas se cruzan por segunda vez, ahora mucho más cerca. Por un momento, el ruido desaparece y solo existe esa conexión invisible que la estremece.

Pero él no dice nada. Tampoco ella.

Ara, con gesto sorprendentemente calmado, le resta importancia al incidente. El borracho que los empujó desaparece entre la multitud, y Luna apenas logra reaccionar cuando Eren se da la vuelta, murmurando algo con fastidio y volviendo con sus amigos.

¿Qué ha sido eso?

Ni siquiera se saludaron.

Y aun así, Luna no puede evitar pensar que lo va a recordar por mucho tiempo.




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