Donde se detiene el miedo

Capítulo 6: Miradas

Tumbado en su cama, Eren se replantea si debería ir o no. Las últimas veces no estuvieron mal, al menos si piensa en las pocas pinceladas que logra recordar. Fueron noches divertidas, si se omiten detalles como cuando casi queda en coma, o cuando Bruno casi se pelea con un francés por una lata de cerveza. Por lo demás, las fiestas le parecen algo bacano pero insulso, lugares donde la multitud se reúne a celebrar… y termina sin recordar nada.

Son apenas las 16:00. Sabe que Lorenzo no tardará en llamarlo, y si no responde, se encargará de sacarlo de casa por los pelos. Más le vale estar listo cuanto antes. Se levanta de la cama, se da una buena ducha y busca algo para ponerse que no sea el chándal de siempre. Ya casi cae la tarde cuando su móvil vibra sin parar. Enciende la pantalla: Lorenzo. Lo sabía, son unos impacientes.

Una conversación rápida basta para dejarles claro que ya está saliendo de casa. Al encontrarse con sus amigos en la calle, se saludan con el gesto típico entre ellos y caminan hacia la universidad, donde se celebra lo que, quizá, sea la mejor fiesta a la que hayan ido nunca.

Nada más cruzar las puertas del campus, Eren se arrepiente. Es una mala idea. No ve a nadie conocido y, si los ve, aparta la mirada. No es alguien que la gente quiera tener cerca; la mayoría de los que lo conocen no guardan buenos recuerdos suyos, y con razón.

Los tres amigos se dirigen a la barra improvisada para servirse un vaso de cerveza —o más bien, un aguachirri tibio. Y entonces la ve. Entre la multitud peligrosamente borracha para la hora que es, ella: la morena de la cafetería. Va increíble. Lleva una minifalda que deja espacio para la imaginación y unos calcetines sobresaliendo de unas Converse blancas.

Se queda mirándola. Fijamente. Hasta que ella le devuelve la mirada. Perfecto. Ya tiene su atención. Quizá esta fiesta no esté tan mal después de todo.

No sabe bien qué está sintiendo. Pero la chica lo sigue observando. Ahora está seguro: es curiosidad, no culpa. También a él le pasa. ¿Quién será? ¿De dónde habrá salido? Está seguro de no haberla visto antes. No tiene una cara fácil de olvidar… y Eren lleva tres días sin poder dejar de pensar en esos ojos marrones. Es una adicción. Necesita que lo sigan mirando. Necesita más. Querría acercarse, decirle algo, cualquier cosa. Pero le da miedo.

Desde Anica, no ha tenido contacto con ninguna chica. Y eso le asusta. No sabe si está preparado. Sus amigos siempre le dicen que tiene que salir, tener citas, pasear con alguien… pero no lo ha hecho desde que ella ya no está. Siente que hacerlo sería una traición. Se lo prometió.

La morena no aparta la mirada. Le está dando señales. Está esperando que se acerque. Eren lo sabe. Respira hondo. Primero necesita un trago. No puede presentarse con las manos temblorosas y cara de pánico.

Se acerca a la barra, donde todavía están sus amigos. Bruno se gira con un vaso rojo en la mano y algo de color amarillento dentro. Eren le da un trago. Está amargo. Pone una mueca extraña que provoca la risa de sus dos compañeros, pero se lo bebe de un solo trago. Ahora sí. Se siente listo para retomar el arte, ya casi extinto, de ligar.

Con pasos firmes y decididos, localiza a su objetivo. Está a pocos metros, de espaldas, hablando con dos chicas: la pelirroja y la rubia de la cafetería. Se coloca detrás de ella, tan cerca que casi roza su espalda, rezando para que sea ella quien dé el primer paso y así evitar la humillación del rechazo.

Entonces, un hombre grande y torpe se coloca detrás de Eren, lo empuja sin querer, y él tropieza. Como resultado, la chica morena derrama su copa sobre su amiga rubia.

Eren se gira, molesto, y protesta ante el borracho, que ni siquiera está en condiciones de sostenerse, mucho menos de pelear. Esa inoportuna molestia hace que las tres chicas interrumpan su conversación y centren su atención en el chico y el borracho que ha causado el encontronazo.

La primera en girarse, con gesto brusco, es ella. Sus ojos se clavan en los de Eren. Lo reconoce al instante.

Él también la mira. Pero esta vez, a muy poca distancia. Por un segundo, no escucha la música, ni los gritos, ni las voces de sus amigos. Solo ve esos ojos. Marrones, grandes, intensos.

Ya los había visto antes. En la cafetería. En su memoria. En sus pensamientos.

Ella no dice nada. Él tampoco.

No hacen falta palabras. No ahora.

La chica —la misma que no ha dejado de mirarlo desde que entró— desvía la vista rápidamente hacia su amiga rubia, que se sacude el vestido empapado. Eren, aún paralizado, siente cómo esa mirada fugaz lo ha atravesado más de lo que esperaba.

Y sin embargo, no da un paso. No dice nada. Solo se gira con un murmullo frustrado y vuelve junto a sus amigos.

Se odia un poco por eso. Por no haber sido valiente.

Pero sabe que, aunque no hayan intercambiado una sola palabra...

va a recordarla durante mucho tiempo.




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