Donde se detiene el miedo

Capítulo 8: Casi

El lunes por la tarde cae con una pesadez extraña. El sol se filtra a través de las cortinas de la habitación de Luna, dibujando líneas doradas sobre su escritorio. La chica está tirada boca arriba en la cama, mirando el techo como si esperara una señal.

Desde la noche de la fiesta, no ha dejado de pensar en él.

En sus ojos. En su sonrisa. En cómo la sujetó de la cintura con tanta suavidad. En el casco rosa. En ese beso en la frente que la desarmó por completo. Todo fue… perfecto. Demasiado perfecto.

Y eso es lo que la asusta.

—¿Qué haces esta tarde? —pregunta Ara, asomando la cabeza por la puerta con su voz alegre de siempre.

Luna duda. Mueve apenas la cabeza y se encoge de hombros.

—Nada, creo.

—Pues deja ese “nada” aparcado. Mía me ha escrito. Dice que uno de los chicos quiere verte. El del casco rosa, supongo —dice con una sonrisita.

Luna se incorpora de golpe.

—¿Qué?

—Sí. Al parecer, le pidió a Lorenzo que hablara con Mía. Te quiere invitar a tomar algo esta tarde. ¿Qué le digo?

Luna traga saliva. Su primer impulso es decir que sí. Su segundo impulso es salir corriendo.

—Dile que… que no lo sé. Que tengo cosas que hacer.

Ara frunce el ceño.

—¿Cosas como mirar el techo todo el día?

—Ara, no empieces —responde Luna, cruzando los brazos.

La rubia no insiste. Sabe que su amiga está asustada, aunque no se atreva a admitirlo. Se marcha con un leve suspiro.

Las horas pasan lentas para Luna. Se viste. Se desviste. Se sienta frente al espejo. Se peina. Se despeina. El corazón le late demasiado fuerte para lo que, en teoría, sería una tarde normal.

Coge el móvil. Lo deja. Vuelve a cogerlo. Redacta un mensaje que no envía. Borra todo.

Y al final, simplemente… no va.

Se queda sentada en el borde de la cama, sintiéndose estúpida. Pero segura.

Porque si no va, no puede salir mal.

Y si no empieza nada, no puede terminar mal.

Y si no siente nada, nadie podrá herirla.

No es que no quiera sentir.

Es que ya lo ha hecho.

Y cuando lo hizo, se rompió de una forma tan profunda que aún hoy hay trozos que no ha podido pegar del todo.

A veces sueña con aquella última conversación. Con esa última promesa que nunca se cumplió.

Con el silencio.

Con el desprecio.

Con la forma en la que alguien puede decir que te quiere... y aún así marcharse sin mirar atrás.

Desde entonces, Luna construyó una coraza hecha de ironía, respuestas rápidas y silencios incómodos.

No porque no quiera amar, sino porque teme hacerlo con alguien que no se quede.

Esa noche, Luna se acuesta tarde. Mía entra a su habitación y le deja el móvil en la cama.

—Te lo dejo por si decides hablarle. No digo más.

Luna no responde. Solo lo mira, apagado, como si encenderlo fuera una bomba.

Se queda despierta un rato más, con los ojos abiertos y el corazón apretado.

Y piensa en él.

En su voz.

En su moto.

En su despedida.

Casi.

Casi se atrevió.

Casi fue.

Casi.




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