Mientras tanto, en una esquina del “Caffè Rialto”, Eren espera. Ha llegado media hora antes. Por precaución. Por nerviosismo. Por ilusión. No lo sabe bien.
Tiene la esperanza tonta de que ella aparezca por la puerta, con ese aire misterioso que tanto le atrajo la otra noche. La ha estado imaginando desde entonces: su risa, sus bromas, su forma de retarlo con la mirada.
Bruno le hace compañía, aunque no deja de burlarse en voz baja.
—Relájate, tío. No estás esperando a la reina de Inglaterra —murmura mientras revuelve su café.
—Es que no sé si va a venir —confiesa Eren, con la mirada fija en la puerta.
—¿Y si no viene?
Eren se encoge de hombros, pero en el fondo siente ese maldito nudo en el pecho que se parece demasiado a la decepción. O al rechazo.
Eren se marcha del café cuando cae la noche. Lorenzo no le hace preguntas. Bruno se limita a palmearle el hombro. Pero él no dice nada.
Solo camina.
Con las manos en los bolsillos. Con la cabeza llena de posibilidades que no fueron. Con la duda de si tal vez la leyó mal. De si ella nunca sintió lo mismo.
De si simplemente, una vez más, se ha ilusionado solo.
Eren camina por las calles vacías, le pesa el sentimiento en el pecho.
Ese que se parece demasiado a una ilusión que se desinfla.
Saca un cigarro arrugado del bolsillo trasero y lo enciende con una calada torpe. Exhala con fuerza, como si pudiera liberar algo más que humo.
Se siente tonto.
Un poco iluso.
Un poco crío.
Pero también… aliviado.
Porque si ella no ha venido, si esto no empieza, entonces no puede doler.
Y Eren le tiene un miedo brutal a volver a pasarlo mal.
Con Anica fue suficiente.
Lo dio todo, lo perdió todo.
Y aunque no habla de eso con nadie —ni siquiera con Bruno, ni siquiera con Lorenzo—, sabe que no ha vuelto a ser el mismo desde que ella se fue.
Y no va a volver.
Anica no va a volver.
Eso también lo sabe.
Se detiene en un puente. Mira el agua del canal con el reflejo tembloroso de las luces. Da otra calada.
Y piensa en ella.
En la chica misteriosa, sigue sin saber como se llama, quién sabe si lo sabrá algún dia
No sabe casi nada.
Pero intuye que hay algo detrás de sus silencios. Algo en su forma de mirar que le grita que también ha estado rota.
Y, en cierto modo…
le gustaría entenderla.
Le gustaría conocer esas heridas, no para curarlas, sino para no tocarlas sin cuidado.
Camina el resto del trayecto en silencio, con el cigarro consumiéndose entre los dedos y una idea estúpida atravesándole la cabeza.
Ojalá no sea la última vez que la ve.