El jueves comenzó como cualquier otro día.
Una clase algo densa, una profesora que parecía estar en guerra con los PowerPoints, y un café mal hecho que Luna no pudo terminar. Cuando salieron del aula, Ara propuso ir a estudiar a la biblioteca de Venecia. Mía apoyó la idea con un encogimiento de hombros y una mirada que decía "no tengo nada mejor que hacer".
Luna dudó.
Últimamente dudaba de todo.
—¿Vamos? —preguntó Ara, animada, tirando levemente de su mochila.
—Sí… claro —respondió Luna, fingiendo una seguridad que no tenía.
No sabía por qué, pero algo dentro de ella se revolvía con inquietud.
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La biblioteca era impresionante. Ya la conocía, claro, pero no por dentro. Se respiraba silencio, madera antigua y concentración.
Se sentaron en una mesa al fondo, entre estanterías llenas de manuales y libros técnicos.
Luna apenas prestaba atención a lo que leía. No podía.
Sentía una presión rara en el pecho. Como si estuviera esperando algo.
Y entonces lo vio.
Allí. A unos metros.
Sentado frente a una montaña de papeles, con un bolígrafo entre los dedos y el ceño fruncido.
Eren.
El mismo chico que le había ofrecido un casco rosa y una noche distinta.
El mismo al que había dejado plantado.
La sangre le subió a las mejillas. Bajó la mirada, fingió que leía, fingió que no lo había visto. Pero su cuerpo entero lo había reconocido antes que sus ojos.
“Por favor, no digas nada. No causes una escena. Haz como que no existes”, se repetía.
Pero, claro, él no era de los que se quedan quietos.
Sintió su sombra primero, proyectada sobre la mesa. Luego su voz, tan directa como siempre:
—¿Vas a seguir evitándome o hoy vas a hablarme con frases completas?
Ara y Mía levantaron la vista con sorpresa.
Luna tragó saliva.
Quiso desaparecer.
—No estoy evitándote —susurró, sin atreverse a mirarlo del todo.
—¿No? Entonces estás perfeccionando el arte de fingir que soy transparente. Vas bien.
Las chicas intercambiaron miradas. Ara, sonriente. Mía, con esa cara de “te lo dije”.
—¿Podemos hablar fuera? —insistió él, sin bajar el tono, sin suavizar nada.
Luna asintió, con una mezcla de resignación y valor.
Se levantó, sintiéndose como una niña de colegio a punto de recibir un castigo, y lo siguió hasta la salida.
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El aire frío de la tarde le despejó la mente apenas cruzó la puerta.
—No pensé que te encontraría aquí —murmuró Luna, por fin mirándolo de frente.
—Y yo no pensé que te ibas a escapar así el otro día —respondió Eren, cruzado de brazos.
Silencio.
—No fui porque no sabía si debía ir —confesó, de golpe, sin pensarlo.
Eren parpadeó.
—¿Y ahora? ¿Sabes si deberías estar aquí?
—No lo sé. Pero estoy.
Otro silencio. Más largo. Pero cómodo.
—Estudio aquí todos los días, ¿sabes? —dijo él, rompiendo la tensión con una media sonrisa—. Bruno y yo estamos preparándonos para las pruebas de ingreso para los bomberos. Es… lo único que quiero hacer, en realidad.
Luna lo miró de nuevo. Con más atención esta vez.
Había algo en él que no cuadraba con el chico vacilón del casco rosa ni con el que había esperado una cita que nunca llegó.
Había peso en su voz.
Algo que le resultaba extrañamente familiar.
—No sabía que querías ser bombero —respondió ella, sin saber muy bien qué más decir.
—No sé muchas cosas de ti tampoco, por no saber, ni como te llamas, chica misteriosa —añadió él, encogiéndose de hombros—. Pero me gustaría.
—Me llamo Luna– Bueno, primer paso dado, no parecía tan complicado.
Luna desvió la mirada hacia el canal. El agua, tranquila, reflejaba el cielo plomizo.
Sintió que algo se aflojaba dentro de ella. Como una puerta entreabierta.
—No soy fácil —dijo, con una honestidad que la sorprendió incluso a ella.
Eren no respondió enseguida. La observó un segundo más, con la misma calma con la que alguien observa algo delicado que no quiere romper.
—No estoy buscando fácil —respondió al fin—. Estoy buscando verdad.
Y, por primera vez desde hacía mucho, Luna no sintió la necesidad inmediata de escapar.
Luna baja la mirada al suelo, como si las baldosas pudieran darle una respuesta que no encuentra en su cabeza.
Las palabras de Eren le resuenan dentro.
"Estoy buscando verdad."
No está segura de poder ofrecerle eso.
Ni siquiera sabe si puede ofrecérselo a sí misma.
Y sin embargo…
Ahí está.
De pie frente a él.
Sin haberse ido.
Sin haber huido.
Sus ojos, otra vez.
Marrones. Intensos. Quietos. Demasiado quietos.
No puede evitarlo.
Se queda atrapada en ellos.
Hay algo en su forma de mirar que la desarma, que le revuelve el estómago, que la hace dudar de todo lo que pensaba tener claro.
No sabe si es su tono de voz, o su forma de pararse frente a ella como si no tuviera miedo de verla tal como es.
No es solo atracción.
Es algo más.
Es curiosidad.
Es esa maldita chispa que aparece cuando menos te lo esperas.
Y eso le da pánico.
Luna ha aprendido a tener cuidado.
A no confiar en primeras impresiones.
A no dejar que nadie le desordene el corazón sin pedir permiso.
A cerrar puertas antes de que alguien pueda entrar a romper algo más.
Pero Eren no ha tocado nada.
No ha exigido nada.
Solo ha estado ahí.
Con sus libros, su cigarro, su moto y esa manera silenciosa de estar presente que la confunde tanto.
“Es un error”, piensa.
Tiene que serlo.
Y sin embargo, no da un paso atrás.
Todo en ella le dice que se proteja. Que ponga distancia.
Pero todo en él parece decirle que se quede.
Y lo peor… es que quiere hacerlo.
Solo por un rato.
Solo para averiguar quién es realmente ese chico que habla poco, pero mira tanto.