El lunes llegó más rápido de lo que Luna hubiera querido.
La semana empezaba con un trabajo en grupo, mal planteado y peor explicado, para el que necesitaban reunirse fuera de clase.
La profesora no dejaba de repetir que el proyecto sería clave para la evaluación, así que Ara y Luna —que compartían carrera— decidieron hacerlo juntas.
Mía se ofreció a acompañarlas con la excusa de “poner orden” y “criticar los diseños absurdos”, aunque en realidad ninguna de las dos protestó. Les gustaba tenerla cerca, aunque últimamente estaba… diferente.
Estaban sentadas en el salón de casa de Luna. Una mesa llena de papeles, telas, bocetos, una carpeta con grapas mal puestas, dos cafés fríos y una bolsa de croissants que ya había visto tiempos mejores.
La escena perfecta para una tarde de estudio con la concentración justa.
—Esto no tiene ni pies ni cabeza —gruñó Ara, mirando su hoja de apuntes como si le hablara en arameo.
—Me siento como si llevara horas trabajando y en realidad solo escribí un título —resopló Luna, llevándose una mano a la frente.
Mía estaba tirada en el sofá, con el móvil en alto, distraída, sin meterse demasiado.
Y eso, precisamente, fue lo que llamó la atención de las otras dos.
—¿Vas a decirnos ya qué te pasa? —soltó Ara, sin rodeos.
Mía no respondió de inmediato.
Dejó el móvil a un lado. Respiró hondo.
—Mis padres se están divorciando —dijo, como quien dice he perdido las llaves.
Plano. Frío. Seco.
Demasiado seco para lo que era.
—Mía… —susurró Luna, acercándose un poco.
—Estoy bien —añadió ella enseguida—. Solo que... me cuesta fingir todo el rato. Y tampoco quiero ponerme a llorar como si tuviera diez años.
No soy de esas. Ya lo sabéis.
—No hay forma correcta de estar mal —dijo Ara, con dulzura.
Mía se encogió de hombros.
—No sé. Me jode. Pero lo que más me molesta es que me estoy volviendo de esas que sienten cosas y no saben qué hacer con ellas —añadió, mirando el techo.
Luna y Ara se miraron, sin entender del todo.
—¿Qué cosas? —preguntó Luna, inclinándose un poco.
Mía se pasó la lengua por los labios. Dudó. Y luego, como si se sacara una espina clavada, lo dijo:
—Llevo unos días viéndome con Lorenzo.
Sí, el camarero. El amigo de Eren.
Y no sé si me gusta o solo estoy tratando de distraerme.
Pero... no quiero que me guste.
No quiero que nadie tenga poder sobre cómo me siento.
Y eso me está haciendo mierda.
El silencio se instaló entre las tres.
Hasta que Ara, con una sonrisa suave, dijo:
—No estás sola, tía.
Y eso, aunque no lo dijera en voz alta, valió mucho más que cualquier consejo.
---
—¿Y tú? —preguntó Mía, girando hacia Luna—. ¿Vas a seguir actuando como si nada hubiera pasado el sábado?
Ara levantó la mirada del portátil con una sonrisa mal disimulada.
—¿Te refieres al beso con ojos bonitos y moto negra?
Luna se sonrojó hasta las orejas.
—Fue solo un beso —dijo, bajito.
—Sí, claro. Y yo solo “me estoy viendo” con Lorenzo para practicar conversación —bromeó Mía, ya más relajada.
Luna suspiró.
—No fue solo un beso, vale.
Fue… fue suave. Inocente.
Pero sentí cosas. Cosas de verdad.
Y eso me dio miedo.
—¿Qué tipo de cosas? —preguntó Ara, con curiosidad sincera.
—Como si, por un momento, mi cuerpo se hubiese olvidado de todo lo que he vivido. Como si pudiera dejar de tener miedo. Como si… confiar no fuera tan imposible —dijo Luna, sin mirarlas.
—¿Y eso no es bueno? —insistió Mía.
—Es aterrador. Porque si me equivoco... si me dejo llevar y él no es lo que parece… no sé si tengo fuerzas para volver a romperme —admitió, por fin.
Ara se acercó y la abrazó por la espalda.
Mía, sin decir nada, le apretó el pie con el suyo, como si fuera su forma particular de decir “aquí estoy”.
—Te lo juro —dijo Mía, con una voz que sonaba más como ella otra vez—. Si ese Eren te hace daño, le quemo la moto con mis propias manos.
Luna rió, al fin.
Por primera vez en mucho tiempo, las tres estaban juntas de verdad, sin máscaras, sin frases a medias, sin fingir que todo estaba bien.
Solo tres chicas.
Tres vidas enredadas.
Tres historias distintas, compartiendo una tarde de croissants duros y confesiones suaves.
Y eso, para Luna, fue suficiente.
Por ahora.