Donde se detiene el miedo

Capítulo 14: Quemar desde dentro

El reloj marcaba las 22:47 cuando la voz de su padre volvió a romper el silencio.

—¿Y esto? ¿Vas a seguir dejando que tu vida se te escape entre libros y sueños inútiles?

Eren apretó los dientes. No era la primera vez.

Ni la segunda.

Ni siquiera la décima.

—No es un sueño inútil. Es lo que quiero —respondió, con el tono controlado, como si intentara contener una bomba en el pecho.

—¡¿Ser bombero?! ¡Con lo que te costó aprobar bachillerato! ¿Con qué cuerpo piensas aguantar ese trabajo? ¿Con qué cabeza? —espetó su padre, de pie en medio del salón, con una copa de vino en la mano.

Eren se levantó del sofá de un salto.

—¡No tienes ni idea de lo que hago todos los días! Me levanto a las seis y media, estudio ocho horas, corro, entreno, ¡me mato por esto!

—¿Y para qué? ¿Para terminar como tu madre? ¿Dedicándole la vida a algo que la consumió hasta matarla?

Y entonces, se hizo el silencio.

Eren lo miró.

Herido.

Frío.

Atónito.

—No vuelvas a hablar de mamá así —susurró.

Pero la voz le temblaba.

El padre giró la vista, incómodo, como si supiera que se había pasado. Pero no pidió perdón.

Porque nunca lo hacía.

Y Eren no podía más.

Agarró su chaqueta.

La mochila.

El casco.

Y sin mirar atrás, salió de esa casa que hace meses había dejado de sentirse como hogar.

---

El aire de la calle era cruelmente frío.

Pero al menos era suyo.

Las luces naranjas de los faroles parecían más lejanas de lo habitual.

No sabía bien a dónde iba, pero los pies lo llevaron por instinto.

Bruno.

Siempre Bruno.

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Cuando llegó, Bruno abrió la puerta sin hacer preguntas.

—¿Otra vez? —fue lo único que dijo, mientras se hacía a un lado para dejarlo pasar.

Eren asintió.

—¿Puedo quedarme esta noche?

—Puedes quedarte las que quieras, hermano. Ya lo sabes.

El salón de Bruno era pequeño, pero cálido.

Con paredes llenas de posters de películas viejas y una manta siempre mal doblada en el sofá.

Eren se dejó caer en el sillón sin decir nada por unos minutos.

Y luego habló.

Porque si no lo hacía, iba a explotar.

—No puedo más con él. No hay día que no me recuerde que soy un fracaso, que lo que hago no sirve para nada. Como si quisiera que renuncie. Como si quisiera que me rinda.

Bruno se sentó en el suelo, frente a él, con una cerveza en la mano.

—¿Y lo vas a hacer?

—No. Pero hay días que me lo creo. Que me convence de que no soy suficiente.

Silencio.

—¿Y Luna?

Eren lo miró.

—No sé. Me descoloca. Tiene algo… no sé explicarlo. Me siento tranquilo con ella, pero también nervioso. Me saca de mí mismo. Me mira como si pudiera ver todo lo que no digo.

Bruno asintió.

—¿Te da miedo?

—Sí —admitió Eren, sin pensarlo.

—¿Por Anica?

Silencio.

Pesado.

Denso.

Eren asintió.

—Me aterra que pase algo parecido. Que me abra. Que me ilusione. Y que no lo vea venir otra vez.

Bruno se acercó un poco más.

—Luna no es Anica, Eren. Y tú no eres el mismo de entonces.

No puedes pasarte la vida huyendo del dolor. Porque si huyes del dolor, también huyes de lo bueno.

Eren respiró hondo.

Sintió que se le aflojaba algo en el pecho.

—No sé si estoy listo —dijo.

—Nadie lo está —respondió Bruno—. Pero a veces solo hace falta estar un poco dispuesto.

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La conversación se fue apagando, hasta que el silencio volvió a ser cómodo.

Ya estaban apagando las luces del salón, cada uno con una manta distinta, cuando el móvil de Bruno sonó.

Número desconocido. Hora rara.

Ambos se miraron.

Él respondió.

—¿Hola?

Del otro lado, una voz temblorosa.

Femenina.

Familiar.

—Bruno… soy Mía.

Estoy en el hospital.

Lorenzo… Lorenzo ha tenido un accidente.

No sé qué hacer.

Bruno se incorporó de golpe.

—¿Qué? ¿Qué pasó? ¿Dónde estás?

Eren ya se había puesto de pie también, con el abrigo en la mano, el corazón en la garganta.

—Venecia. Hospital Civil. Está inconsciente. No sé si está bien. Estoy sola. Por favor, venid.

Y la llamada se cortó.

Bruno se quedó mirando la pantalla.

Eren lo miraba a él.

Ninguno dijo nada.

Solo salieron corriendo.

Porque a veces, los planes, los miedos, los pasos medidos...

no sirven de nada.




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